
as redes sociales han democratizado la difusión de las ideas. Hoy, cualquier persona puede publicar una investigación, un artículo o una simple reflexión y ponerla al alcance de miles de lectores. Nunca antes fue tan fácil debatir. Paradójicamente, nunca fue tan frecuente que el debate sea reemplazado por el insulto.
Durante siglos, cuando un historiador discrepaba de otro, escribía un libro. Si un jurista consideraba equivocado un criterio, respondía con otro estudio. Los científicos refutaban hipótesis presentando nuevas pruebas. El conocimiento avanzó precisamente porque las ideas se enfrentaban a otras ideas.
Hoy asistimos a un fenómeno preocupante: cuando una publicación cuestiona creencias profundamente arraigadas, muchos ya no buscan documentos para refutarla ni argumentos para demostrar que está equivocada. Prefieren atacar a quien la escribió. No discuten la idea; desacreditan a la persona.
Mientras los bloqueos desangraban al país, ocurrió un caso que ilustra la degradación del debate: en su cuenta de Facebook, un hombre atacó directamente a una mujer. Esto hubiera pasado desapercibido, pero resulta que ese hombre era un intelectual colla, Esteban Ticona, y la agredida fue una historiadora colla, Sayuri Loza. Entre paréntesis es preciso apuntar que ella tiene miles de seguidores —más de 75.000 en Facebook— así que lo que publica tiene mucha difusión.
Como muchos otros, Sayuri criticó los bloqueos y la reacción de Ticona fue insultarla con un vilipendio vinculado a sus padres, los célebres fallecidos Carlos Palenque y Remedios Loza. Otro historiador, Juan Pablo de Rada, recordó que de un académico no solo se espera producción intelectual, sino también un comportamiento acorde con la función que desempeña.
Más allá de las posiciones de unos y otros, el episodio deja una pregunta inevitable: ¿en qué momento el insulto sustituyó al argumento?
Lo verdaderamente grave no es que alguien insulte en una red social. Eso ocurre todos los días. Lo preocupante es que el ataque no estuvo dirigido a una conducta, sino a una circunstancia personal completamente ajena al debate. Ni un argumento para afirmar que Sayuri Loza estaba equivocada. Solo un insulto.
En Lógica existe un nombre para este recurso: ad hominem. Consiste en atacar a quien sostiene una idea, en lugar de responder a la idea misma. Es una de las falacias más antiguas que se conocen y, paradójicamente, una de las más utilizadas en la actualidad. Se desacredita al autor con la esperanza de que el público deje de prestar atención a sus argumentos.
Quienes investigamos historia conocemos bien ese mecanismo. Cuando un documento contradice una narrativa instalada durante décadas, abundan los calificativos y escasean las pruebas. Es más fácil llamar ignorante, resentido, vendido o cualquier otro adjetivo al investigador que sentarse a revisar las pruebas que este presenta. El problema es que los documentos no desaparecen porque se insulte a quien los encontró.
En el fondo, esta actitud revela algo más profundo. No es el miedo al adversario, sino el miedo a que una convicción largamente sostenida resulte equivocada. Aceptar que una creencia puede estar errada exige humildad intelectual. Insultar exige mucho menos esfuerzo.
A principios de abril escribí, citando a Luis Espinal, que muchas personas temen a la verdad. Hoy añadiría que, cuando la verdad amenaza sus certezas, el blanco deja de ser la idea y pasa a ser quien la expresa. Es el camino más corto para evitar el debate y, al mismo tiempo, el más efectivo para empobrecerlo.
Las ideas no tienen apellido, ni origen familiar, ni condición social. Son verdaderas o falsas por la fuerza de las pruebas que las sostienen. Quien posee argumentos responde con argumentos. Quien posee documentos responde con documentos. El insulto aparece cuando ya no queda nada más que decir. Es el recurso del cobarde, del ignorante o, simplemente, del ofendido, a quien ni sus títulos le disculpan.
Juan José Toro Montoya es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
