
a disputa entre Bolivia y Perú por el origen de un número cada vez más creciente de danzas es una cuestión económica: así de sencillo. La anterior semana me referí al video “¿Qué país es dueño de la diablada, caporales, saya, morenada?”, publicado por el ingeniero peruano Hugo Javier Pillco, en su millonaria cuenta de YouTube HugoX ChugoX, y, aunque considero que el audiovisual maneja argumentos, también creo que el “youtuber”, se equivoca en sus teorías sobre los orígenes de la diablada y morenada.
Pero en este artículo no me voy a referir a orígenes de danzas —temas que tengo reservados para otros—, sino a la afirmación final del video referido: la afirmación de Pillco de que “la controversia (entre Bolivia y Perú por las danzas) es únicamente política y nacionalista”.
La controversia no es política porque el origen de las danzas no estuvo en ninguna de las campañas de las organizaciones políticas que participaron en las elecciones de 2025 ni aparecen en las de este año. No hay políticos bolivianos que hablen del tema, así que no se puede reducir la controversia a eso porque sería simplismo.
Lo del nacionalismo necesita debatirse. Es cierto que a uno y otro lado del Desaguadero se reclama para sí a las danzas en controversia, y se reivindica su origen para uno y otro país, pero los sentimientos de pertenencia no son tan fuertes como el interés económico. Veamos:
A convocatoria del entonces Ministerio de Culturas, el 5 y 6 de septiembre de 2022 se reunieron en La Paz las asociaciones de fraternidades y conjuntos folklóricos que elaboraron un documento titulado “Estadísticas folklóricas” en el que se afirmó que las varias fiestas patronales de Bolivia producen un movimiento económico interno de $us 5.000 millones anuales.
Lo de “interno” significa que ese dinero no es por captación de divisas, que son las que los turistas introducen al país, sino que se refiere a la circulación en las ciudades donde se realizan las festividades. No son recursos frescos, pero es dinámica económica.
Este año, Oruro reportó la captación de hasta $us 90 millones por concepto de visitas a su Carnaval. La cantidad es alta y refuerza la versión de que mucha gente solo consigue ingresos durante ese periodo y sobrevive con eso el resto del año.
Aunque los puneños que fomentan el robo cultural digan lo contrario, Oruro siempre fue un modelo a seguir precisamente por el dinero que mueve su Carnaval. Por ese camino están otras festividades grandes como Gran Poder, Urkupiña, Ch’utillos y, ahora, Guadalupe, sin tomar en cuenta fiestas patronales de ciudades intermedias.
Hasta por lo menos 1960, Puno no tenía una festividad como la de Oruro que, ya por entonces, era conocida y prestigiada, y movía dinero. Lo que hizo, entonces, fue copiar el modelo boliviano para movilizar su economía, lo cual es legal y legítimo.
Lo que no es legal ni legítimo es que, además de copiar un modelo ajeno, como el de Oruro, presente danzas bolivianas como si fueran propias porque eso es robo de propiedad intelectual.
Y aquí salta otra vez la controversia: ¿cómo se decide el origen de las danzas? En posteriores artículos no solo mostraré datos, sino hechos que demostrarán que, por lo menos hasta 1960, Puno no tenía ni la fiesta ni las danzas que ahora exhibe como suyas.
Juan José Toro Montoya es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
