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ientras el país se sumerge en las profundidades más oscuras de la crónica roja y la politiquería, la crisis económica y social avanza silenciosamente. Cada mañana tenemos un nuevo episodio: denuncias, autos misteriosos, asesores sunchu luminarias, censuras a fuego y lágrimas, peleas de alcoba, acusaciones y contraacusaciones de todo tipo. Un formidable reality show nacional.

El pequeño problema es que, mientras discutimos quién dijo qué, quién compró qué, quién se cepilló a quién, cuyo hijito sería, y quién debería renunciar, la economía sigue trabajando. Y últimamente trabaja en nuestra contra. Así lo anuncia el reporte de inflación y política monetaria del Banco Central de Bolivia del segundo trimestre del 2026. Un diagnóstico raramente descarnado.

En el corto plazo y largo plazo, Bolivia enfrenta, en realidad, tres crisis simultáneas: una crisis cambiaria y de divisas, una crisis del modelo de crecimiento y una crisis social, para mencionar las más importantes y aprovechar el corto espacio de esta columna. Por supuesto que no me olvido de la crisis ambiental, institucional, política, ética y otras. Seguramente alguien más preparado que yo podrá profundizar sobre estos temas. Pero vamos a lo nuestro. Las crisis económicas y sociales.

La primera gran señal es la recesión. Bolivia transita su tercer año consecutivo de contracción económica y para 2026 las estimaciones sitúan la caída del PIB entre -3,3% y -3,6%. No estamos frente a un simple resfriado coyuntural: el viejo motor económico se quedó sin gasolina. Literal y metafóricamente. Retirando la recesión causada por la pandemia del Covid en 2020, -8,8%. Esta es la caída más fuerte desde mediados de los años 80, específicamente en 1982 (-3,9%) y 1983 (-4,0%).

Durante años crecimos apoyados en dos grandes motores: la renta del gas y el gasto público. El primero perdió potencia con la caída de la producción gasífera; el segundo continuó funcionando crecientemente con déficit públicos y emisión monetaria. Ahora ambos motores están agotados y todavía no aparece con suficiente fuerza un tercero basado en inversión privada, exportaciones no tradicionales y productividad.

Es como descubrir, en plena carretera, que el automóvil tenía dos motores y ambos estaban sostenidos con cinta adhesiva fiscal.

La segunda preocupación es la inflación. Cerramos 2025 con 20,4%, la más alta en tres décadas. Para 2026 existe una curiosa amplitud de pronósticos: desde aproximadamente 9% hasta más de 20%. Es decir, tenemos proyecciones para todos los gustos. Alguna seguramente acertará.

Pero detrás de esta discusión técnica existe una realidad bastante menos divertida: la inflación es el impuesto más regresivo que existe. Quien tiene dólares, propiedades o activos financieros puede defenderse. Quien cobra en bolivianos y gasta buena parte de su ingreso en comida simplemente observa cómo su salario adelgaza sin necesidad de gimnasio.

Y aquí aparece una de las paradojas de la estabilización. Una política monetaria más restrictiva, aumento del encaje legal, puede ayudar a bajar la inflación, y es necesaria. Pero si se exagera la dosis en una economía que ya está en recesión, podemos terminar celebrando que los precios suben más lentamente mientras las ventas, la producción y el empleo también bajan.

Paciente estabilizado. Economía sedada. La tercera crisis es probablemente la más preocupante porque ocurre lejos de las conferencias de prensa: el deterioro social.

Algunos celebran que Bolivia mantiene una tasa de desempleo relativamente baja. Magnífico. Solo existe un pequeño detalle: en una economía donde alrededor de ocho de cada 10 trabajadores urbanos son informales, perder un empleo no necesariamente significa convertirse estadísticamente en desempleado. Muchas veces significa vender algo en la calle, manejar un taxi, trabajar menos horas o aceptar cualquier actividad que permita sobrevivir.

Tenemos así una maravilla estadística muy boliviana: puede caer el empleo de calidad sin que aumente demasiado el desempleo. El ciudadano está peor, pero el indicador conserva buenos modales.

El dato verdaderamente dramático está en los ingresos. Desde 2019, el ingreso laboral real habría perdido aproximadamente un tercio de su poder adquisitivo. El salario nominal puede incluso haber aumentado, pero lo importante no es cuántos bolivianos aparecen impresos en la papeleta, sino cuántos kilos de carne, arroz, pan o medicamentos pueden comprarse con ellos.

Y todo termina desembocando en la variable que debería preocuparnos mucho más que el escándalo político de la semana: la pobreza.

En 2025 alcanzó aproximadamente 44,7% de la población y, dependiendo del comportamiento de la inflación, podría ubicarse entre 46% y 50% en 2026. Estamos hablando potencialmente de entre cinco millones y medio y seis millones de bolivianos por debajo de la línea de pobreza monetaria.

Por eso el debate económico no puede reducirse a una pelea entre quienes quieren ajuste y quienes no quieren ajuste. El ajuste es inevitable porque los desequilibrios fiscales, monetarios y cambiarios acumulados durante años también lo son. La verdadera discusión es cómo, cuándo y quién paga la factura.

Se necesita disciplina monetaria, sí, pero acompañada de una regla fiscal creíble. Se necesita sincerar gradualmente los precios administrados de los combustibles, pero protegiendo de manera focalizada a quienes realmente necesitan ayuda.

Se necesita reconstruir reservas internacionales y recuperar financiamiento externo, pero también crear condiciones para inversión, producción y exportaciones. Y necesitamos formalizar la economía sin cometer la genialidad burocrática de matar al informal para después felicitarlo por haberse inscrito en Impuestos.

Sobre todo, necesitamos credibilidad. Y la credibilidad económica no se construye anunciando cada semana que todo estará maravilloso el próximo trimestre ni comprando un Audi eléctrico. Se construye fijando metas razonables y cumpliéndolas. Como recuerda la conclusión del documento del Banco Central de Bolivia, es mejor cumplir sostenidamente objetivos modestos que anunciar objetivos espectaculares que después terminan incorporándose al extenso patrimonio nacional de buenas intenciones.

Mientras tanto, podemos continuar fascinados con la crónica roja, el automóvil de la semana, el asesor del mes y la pelea política del día. Como dice la maravillosa diablada el Chiru Chiru: “métale leña nomás fogonero. Métale leña nomás (Bis)”. La economía no se ofenderá, simplemente seguirá pasando la factura. ¡Fuerza satanases!

Gonzalo Chávez Álvarez es economista y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.