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n mi anterior artículo, hablamos sobre las redes sociales, como una herramienta que puede ser usada para bien o mal, dependiendo del corazón y la mente de quien las use.

Sin embargo, en esta segunda parte es necesario profundizar aún más y reconocer una dura realidad: que hoy no solo funcionan como herramienta, sino como armas capaces de destruir civil y socialmente a las personas.

Vivimos en una época en la que la vida privada se ha convertido en un espectáculo público. La exposición constante, el juicio inmediato, y la viralización sin contexto, nos recuerda la famosa saga “Los juegos del hambre” en el país ficticio de Panem y con un Capitolio que los domina.

Allí los tributos son exhibidos ante millones, evaluados, juzgados y consumidos como entretenimiento. De forma similar, en el mundo digital las personas son expuestas, observadas y reducidas a contenido.

En este proceso se produce una deshumanización. El ser humano deja de ser persona y pasa a ser producto. Es así, que hoy por hoy, surgen fenómenos como los influencers, tiktokers y otros, donde el valor de alguien se mide en “likes”, seguidores o visualizaciones.

Como los tributos en la arena, muchos luchan por sobrevivir en un sistema que se alimenta del escándalo, la vanidad, la confrontación y la humillación pública,

Al igual que en Panem, estas plataformas pueden ser utilizadas para infundir miedo, silenciar voces o destruir reputaciones. La diferencia es que, en el mundo digital, la violencia es más rápida, más difusa pero no por ello menos destructiva. Sus consecuencias pueden afectar la identidad, la estabilidad emocional y la vida social de una persona de manera sustancial y duradera.

Es así que, volvemos al punto inicial, si nuestra mente y corazón están enfermos de falsedad, confusión, superficialidad, entonces no solo participamos del sistema, sino que lo fortalecemos. En ese escenario, el Capitolio no es un lugar lejano: está entre nosotros y, muchas veces, dentro de nosotros mismos.

De ser así, querido lector, bienvenido al Capitolio digital. ¡Que empiece el juego! Y que sobreviva quien logre conservar su humanidad.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, vicepresidenta de Colegio de Internacionalistas de Santa Cruz, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.