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ivimos en tiempos donde reaccionar parece más importante que anticiparse. Aplaudimos al que llega tarde a resolver la crisis, pero ignoramos al que pudo evitarla. En ese escenario, la prevención es una de las decisiones más inteligentes y efectivas que puede tomar una sociedad; sin embargo, sigue siendo subestimada.

Prevenir no vende titulares. No genera reconocimiento inmediato ni épica pública. Pero cuando falta, sus consecuencias son evidentes: conflictos que escalan, enfermedades que avanzan, sistemas que colapsan. La prevención es silenciosa pero su ausencia, en cambio, se hace escuchar con voz alta.

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar cuánto nos ahorraríamos en recursos, tiempo y sufrimiento, si la prevención formara parte de nuestra visión de vida? Un ejemplo basta. No tendríamos hospitales colapsados si el cuidado de la salud fuera una práctica cotidiana y no una reacción de emergencia. La industria farmacéutica no sería el negocio más grande gracias a nuestra dependencia a los fármacos y tratamientos costosos.

La lógica se repite en otros ámbitos. Si prestáramos atención a las señales tempranas de un conflicto, muchas discusiones no terminarían en rupturas irreparables. Los problemas rara vez aparecen de un día para otro; se gestan lentamente, en silencios prolongados y advertencias ignoradas.

En materia de seguridad ocurre algo similar. Sin políticas preventivas reales, las cárceles se llenan, pero los problemas persisten. La sanción sin prevención no corrige conductas: solo posterga el conflicto.

Y en la vida personal, los ejemplos son igual de claros. Haber ahorrado en la juventud o en épocas de bonanza permitiría hoy mayor estabilidad y libertad financiera.

En la gestión pública, en las organizaciones y en la vida social, la prevención debería ser una política central. Un sistema que solo sanciona, pero no orienta ni corrige a tiempo, está condenado al desgaste permanente. Prevenir no debilita la autoridad; la fortalece. No elimina la responsabilidad; la ordena. Es más eficaz, menos costosa y genera impactos positivos sostenidos.

Pero la prevención también empieza en lo individual. No nace únicamente en el Estado ni en las instituciones, sino en decisiones personales: cuidarse, anticiparse, dialogar, planificar.

Tal vez el verdadero problema sea que la prevención no se ve. No deja huellas visibles porque evita que existan. No genera aplausos, porque impide la tragedia.

En un mundo acostumbrado a reaccionar tarde, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿cuántos problemas podríamos evitar si empezáramos a actuar antes y no después?

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, vicepresidenta de Colegio de Internacionalistas de Santa Cruz, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.