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na reciente noticia ha llevado a gran parte de la sociedad, especialmente a las mujeres, a reflexionar sobre un hecho suscitado durante una entrevista en vivo en un canal televisivo de la ciudad de Santa Cruz. En ella, la entrevistada protagonizó un acto que generó indignación al cortar con una tijera una vestimenta típica que representa a las mujeres del oriente boliviano.

Más allá de la intención que pudo haber tenido, la acción fue interpretada por muchos como una manifestación de resentimiento, regionalismo e incluso, para algunos, como un acto vandálico.

Es ahí donde aparece la delgada línea roja entre la libertad de expresión, como derecho fundamental, y la agresión a símbolos culturales profundamente sensibles.

Este personaje, que se jacta de un conocimiento parcializado, acorde con su propia filosofía de vida, por no llamarlo de otra manera, justificó tal acción como una supuesta imposición colonial. Sin embargo, las mujeres de los tres departamentos orientales; Santa Cruz, Beni y Pando, al sentirse aludidas, han rechazado de manera clara y categórica este tipo de hechos confrontacionales, más aún cuando ocurren en su propia casa.

Bolivia es altamente valorada por su riqueza cultural. Por ello, ante cualquier opinión, debe primar el respeto a la diversidad y la pluralidad. Cuando se cruza esa línea, deja de ser un intercambio de ideas o una simple entrevista para convertirse en una provocación, que inevitablemente tendrá consecuencias en el plano social e incluso legal.

Sin embargo, dentro de este escenario también surge un elemento positivo. La población está demostrando que la cultura del oriente boliviano, que algunos consideraban frágil, ha recobrado fuerzas para hacer prevalecer su identidad, su apego, su conocimiento y el respeto por su ascendencia.

Cada acción tiene una reacción. Cada causa tiene un efecto. Y ahora, lo que se avecina serán las consecuencias de una agresión que, para muchos, resultó innecesaria y carente de sensibilidad hacia una cultura noble.

Aquí encaja muy bien la famosa frase: “Pienso, luego existo”, atribuida a René Descartes, que, en esencia, nos recuerda la importancia de pensar antes de hablar o actuar.

Que la lección sea aprendida y que la tolerancia sea, verdaderamente, para ambos lados.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, vicepresidenta de Colegio de Internacionalistas de Santa Cruz, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, vicepresidenta de Colegio de Internacionalistas de Santa Cruz, docente universitaria y profesora de piano.

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