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E

l capital político se puede resumir como el reconocimiento, confianza y autoridad que tiene un candidato o autoridad electa, entrando más en materia, el capital político se presenta de dos formas.

El capital político personal que se traduce en que una persona tiene cierta popularidad, dicho capital puede ser el producto de la conversión de un capital de otras áreas, como el capital económico, que se refleja en empresarios que tienen éxito en las finanzas; el capital cultural, encontrado en intelectuales o académicos, y el capital social, propio en nuestros tiempos de líderes de opinión o personas influyentes; estos capitales venidos de otras áreas pueden convertirse en un importante capital político si es bien administrado.

Por otro lado, se encuentra el capital político delegado, que es producto de una transmisión limitada y temporal del capital político de un organismo a la persona de un político, dicho organismo puede ser una institución, un partido político, una organización social, un sindicato, etc.

Bajo la lógica Bourdiana, el capital político actúa como cualquier otro capital, es decir, se acumula, se invierte, se pierde o se gana, hace 100 días las autoridades electas asumieron sus cargos: gobernadores, asambleístas departamentales, alcaldes y concejales, cada uno de ellos ingresó a las instituciones públicas con un capital político determinado, algunos con más capital político personal, otros con más capital político delegado.

Administrar el capital político en los primeros 100 días resulta relativamente fácil, está demás mencionar que la teoría política señala que los primeros 100 días de cualquier gestión, se constituyen en la luna de miel de las autoridades electas, la mayoría de la población se encuentra embelesada con las nuevas autoridades, atraviesan por una suerte de amor romántico donde todo lo que hacen está bien, sin embargo, esa luna de miel se termina.

Ahora bien, pasados los 100 días, ya se puede escuchar y ver en los distintos medios de comunicación y redes sociales que los aliados de los primeros días de la nueva gestión se desmarcan de las autoridades electas, se escucha de manera recurrente a la población elevar su voz con preguntas como: ¿cuándo se pondrán a trabajar?, ¿todo lo que hacen es quejarse? ¿para cuándo las obras?, etc.

A partir de ello surge una pregunta: ¿cómo las autoridades electas están administrando su capital político? En Bolivia la administración del capital político pasa por la negociación con organizaciones sociales, la distribución de recursos estatales, la búsqueda de visibilidad con la sociedad civil y la presencia permanente en el campo político, sobre todo.

La teoría sugiere también que, para mantener el capital político, las autoridades deberían empezar a cumplir las promesas electorales, aspecto que parece harto distante de realizarse, también se puede realizar alianzas estratégicas con organizaciones sociales, choferes, gremialistas, sindicatos, etc., empero no se ve sombras de aquello y finalmente tener una comunicación transparente para evitar el desgaste de la imagen pública, y ojo que no debe confundirse comunicación transparente con llamar a conferencia de prensa para entregar una galleta.

Si se toma en cuenta estas formas de administrar este tipo de capital, se puede señalar que muchas de las autoridades electas se encuentran perdiendo el capital político con el que contaban al inicio de su gestión a raudales, puesto que cometieron un gravísimo error: confundieron la popularidad temporal con la lealtad política, no tomaron y no toman en cuenta que el capital político, sobre todo el delegado, es un préstamo temporal que da la población, lamentablemente la consecuencia de la pérdida de capital político lleva consigo la inestabilidad institucional que se traduce en una mala gestión donde la más perjudicada, como siempre, es la persona de a pie.

Juan Pablo Rodríguez es sociólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.