
l nerviosismo no debe estar ausente. Falta poco para el primer 6 de agosto como presidente de los bolivianos. Pronunciará su primer discurso-informe sobre el estado de la “patria” como conductor de un gobierno cuya principal característica es la debilidad política. A nueve meses de gestión, este jueves 6 de agosto, Rodrigo Paz estará ante la posibilidad de dar un verdadero golpe de timón.
El denominado golpe de timón comprende varios elementos que son puestos en marcha de manera simultánea. Cambio de prioridades en la agenda gubernamental, modificación del estilo de liderazgo presidencial, reemplazo de ministros y de funcionarios en altos cargos del Ejecutivo, reorientación de las políticas públicas, reestructuración de la relación con actores políticos nacionales y nuevas estrategias de comunicación y de recuperación de la iniciativa política.
Sin embargo, la situación que enfrenta Paz es más compleja. Estar en la capital del país, en el primer año del tricentenario, observado por millones de bolivianos a través de los medios de comunicación y las plataformas digitales debería ser la oportunidad para decirle con claridad y sinceridad al país cuál es el proyecto estatal que sustenta su administración y que orientará cada uno de los pasos hacia el 2030, cuál es el norte político que le plantea a la sociedad en esta etapa de transición.
No se trata simplemente de cambiar personas, de echarle la culpa a los 20 años del masismo o de aumentar la colección de anuncios, sino de modificar la lógica con la que se gobierna. El golpe de timón es útil cuando el problema radica en la gestión: descoordinación ministerial, pérdida de confianza ciudadana, errores administrativos o incapacidad para ejecutar políticas públicas. En esos casos, el presidente puede reconocer las fallas y mostrar que está dispuesto a corregirlas.
Pero, cuando la debilidad tiene un origen estructural, el golpe de timón puede ser menos eficaz. El gobierno actual carece de mayoría legislativa —comenzó el período constitucional con 16 de 36 senadores y 49 de 130 diputados—, depende de alianzas políticas inestables, enfrenta una crisis multidimensional agravada en el último tiempo y su legitimidad social se ha erosionado. Aquí, la evaluación en el núcleo del poder es crucial para darse cuenta que debe tender puentes con sectores y actores clave del país.
Dicho de otra forma, el golpe de timón puede corregir errores de conducción, pero no sustituye el capital político que un gobierno ha perdido por crisis económicas persistentes, escándalos de corrupción que erosionan la confianza pública, fracturas en la estructura gubernamental y conflictos sociales prolongados como los 53 días de bloqueos del evismo sin culpables hasta el momento.
Para una gestión gubernamental cuya principal característica es la debilidad política, y este es el caso, el golpe de timón puede tener éxito si identifica correctamente la causa, no solamente los síntomas; si toma decisiones de fondo para encararla; y si logra reconstruir apoyos políticos y credibilidad social. Si esas condiciones no se plasman, el golpe de timón puede terminar siendo interpretado como un reconocimiento de la crisis, pero sin capacidad real para superarla.
Han transcurrido nueve meses de la gestión de gobierno de Rodrigo Paz y la gente ha entendido el trance histórico aceptando el levantamiento parcial de la subvención a los carburantes, comprendiendo finalmente la conspiración alrededor de la gasolina de mala calidad que dañó miles de motores, esperando que la flotación del dólar estadounidense encuentre un punto de equilibrio, pero la tolerancia social tiene un límite y en Bolivia cualquier chispa puede provocar una explosión de consecuencias insospechadas.
Este 6 de agosto, en los 201 años de fundación de la República de Bolivia, Paz estará ante la oportunidad de dar un golpe de timón con eficacia, que no dependa tanto de la magnitud del cambio anunciado, sino de la capacidad de su gobierno —ojalá renovado en ideas, estrategias y voluntades políticas— de convertirlo en resultados concretos para recuperar la confianza de los sectores y de la ciudadanía.
Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
