
a primera impresión del libro de Eddy Luis Franco Nogales, “Celda 38”, viene de la dedicatoria: a todas las familias bolivianas que sufren la misma situación. Se engrana con el epílogo y pone en claro el origen del calvario: el aparato judicial pervertido por el poder desde 2006, negador del Derecho y la Justicia.
El libro descubre la capacidad del autor, víctima de la judicialización de la política por haber sido Gerente General de ENTEL durante el gobierno de la señora Añez, para recordar los pormenores de los hechos vividos y sus consecuencias. En efecto, la rememoración que hace Eddy Luis de los sucesos que imprimieron un viraje tremendo en su vida se despliega en una detallada y atrapante descripción de momentos y lugares, sujetos, acciones y palabras; omisiones y silencios también. Sobre tal antecedente, en la pluma del periodista se reconoce el talento de un gran cronista.
La trama inicia en la denuncia pública por supuesta comisión de delitos contra Franco en boca de Edgar Montaño, elemento descalificado del masismo en función de ministro, como tantos otros de perfil similar encumbrados por el régimen. Fue el anuncio de la furia del poder a punto de descargarse sobre él.
A partir de entonces Eddy Luis supo en carne propia que en Bolivia el debido proceso no existe pues la denuncia hace prueba dependiendo de quien la pronuncia, la igualdad jurídica de las personas ha sido arrinconada y las órdenes del poderoso son las únicas leyes con imperio. Se supo desvalido, condenado a transitar por los pasadizos de un retorcido camino cuyo final, incierto, era previsiblemente oscuro.
Muchos siniestros actores pululan en el recuento. Los esbirros policiales en las detenciones políticas, los corrompidos fiscales mintiendo para privar de libertad, los delincuentes con título de abogado cobrando sin trabajar, las autoridades y subalternos extorsionando en tono de ayuda.
Completan el elenco los extras inventariados por el cronista, habitantes de un submundo sometidos a un orden normativo que, a diferencia del de afuera, se cumple. Allí hay poderosas autoridades que dirigen a los encerrados y a los uniformados, mantienen “a raya” a los revoltosos, reparten privilegios y protección según los pagos recibidos, regentan lucrativos negocios, fuente de ganancias ilícitas normalizadas.
Todos cohabitan el mismo escenario edificado a plazo indefinido, sin planos y estilo, a fuerza de avasallamiento e improvisación, sede material de la comprobación de que hace mucho la expresión “sistema penitenciario” es impertinente, porque no hay orden ni concierto, porque ni siquiera se trata de la deformidad de una estructura estatal, sino de algo peor que en “Celda 38” está implicada, más allá de la intención de Eddy Luis, resultando una contribución impensada digna de ser tomada en cuenta.
Lo que se evidencia mediante el relato que él hace es que las cárceles no están sometidas al poder público que abdicó en los hechos de todo objetivo de utilidad social frente al hampa. En ellas no sólo no se buscó jamás la “readaptación del delincuente para su reinserción social”; tampoco se pretende “escarmiento para vengar y prevenir a través del miedo”. Nada de eso. Hoy las cárceles son territorio extra estatal, de dominio del crimen para el crimen, al cual se entrega a toda persona confinada en ellas.
En medio de tan espesas sombras, sin embargo, contrapeso potente plantaron los miembros del círculo de afecto de la víctima, cuyos sentimientos dejaron atrás al miedo. Entre ellos afloró la solidaridad, milagroso salvavidas. Como la del mismo Eddy Luis cuando decidió enseñar a sus compañeros de encierro oratoria y liderazgo y aprendió de ellos el valor de cada ser humano.
Este libro es un potente testimonio personal de dignidad y un grito de denuncia social del autoritarismo, el populismo penal y la corrupción judicial. Conmueve por los dramas que presenta y desafía a tomar cartas en el asunto. Ojalá para sumarla a la interpelación que H.C.F. Mansilla lanza en su más reciente artículo publicado en “Brújula Digital”: “Ya en 2005 el poeta Juan Cristóbal MacLean se hizo las preguntas: ¿Por qué no existe una multitudinaria agrupación de todos los damnificados por el Poder Judicial? (…)” y pasar de la indignación a la acción.
Quien lo ha escrito es un hombre que aprendió desde muy joven que las cosas valiosas se ganan con esfuerzo propio, con base en el cultivo de la perseverancia y la paciencia sobrevinientes a la distinción entre aquello que depende de uno mismo y aquello que no; entre lo que se tiene en las manos y lo que escapa de ellas. Sin sobrevalorarse ni subestimarse. Con la fuerza de la convicción.
Hay que entrar a “Celda 38” y seguir su ruta de inspiración para la formación y el desarrollo de la fuerza interior, esa capacidad de sobrellevar las adversidades sin sucumbir subjetivamente a ellas, con dominio de las emociones y pasiones, manteniendo claro el motivo para seguir adelante. En buenas cuentas, Eddy Luis demuestra que se puede ser Ulises y retornar a Ítaca.
Gisela Derpic Salazar es abogada y asambleísta departamental en Tarija.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
