
a democracia una aspiración de los pueblos, aunque no de todos, y tal vez encubre la evidencia de personas que ambicionan más, sea para buscar una ventaja personal o que actúan según su propio ingenio buscando que los demás lo sigan también, sigan su parecer. La democracia funciona sobre un piso móvil, inestable, porque acepta tanto la contradicción como la imagen de un conjunto armónico. Sufre de la oscilación de ánimo de sus ciudadanos que protegen sus intereses de manera particular o los protegen acudiendo a estructurales sociales: partidos políticos, sindicatos, asociaciones vínculos comerciales…. De manera que por un lado parece que no pueda haber diversidad y a la vez se espera una conjunción de intereses para el beneficio común. Aristóteles definía a la democracia como el mejor de los regímenes y según Churchill decía que era el menos malo. Y lo malo es no poder compaginar esa voluntad rebelde, solitaria de los ciudadanos, que normalmente no saben cómo encontrar lo común para que el común este mejor.
Hobbes pensaba que el poder surgía del sufrimiento, del temor que tenemos a nuestros semejantes. Esa guerra de todos contra todos hace que ansiemos el poder como medio de defensa, pero ese sufrimiento que nos impulsa a aspirar el poder para defendernos parece que no acaba ahí y termina conduciéndonos a tormentos y padecimientos superiores. Es común que el elegido al llegar al poder se rodee de muchos supuestos amigos y al dejar el poder tiene menos amigos de los que tenía antes de llegar al poder. La soledad del poder existe, no es una simple imagen, sino que se siente y se ve. Es como una sombra permanente que acompaña al estadista durante el ejercicio de sus funciones, es por culpa propia y por culpa del propio poder, muchos describen a esa soledad como una suerte de última instancia del poder: ermitaña, impenetrable, taciturna. Su primera manifestación se produce al momento en que el gobernante adopta grandes decisiones, de aquellas que pueden marcar su mandato o la historia del país. Pero también por las decisiones que no trascienden en demasía, pero que siendo de su exclusiva competencia, deben ser adoptadas por quien gobierna.
Curiosamente, si hay algo que la mayoría de las personas anhelan a lo largo de su vida, es el poder. Al mismo tiempo hay pocas cosas que son tan incomprendidas como la soledad que lo acompaña. Desde afuera, liderar parece un privilegio. Decidir, influir, orientar, ser referente. Sin embargo, a medida que se asciende en cualquier estructura, ya sea empresarial, política, académica o incluso familiar, algo empieza a cambiar silenciosamente, las relaciones, conversaciones y definiciones comienzan a clasificarse. Y aquí empieza lo más peligroso, ya no todos dicen lo que piensan. La mayoría hacen lo posible por evitar contradecir, incluso, ya no todos se atreven. Y empieza a estandarizarse que el líder, muchas veces sin darse cuenta, comience a escuchar sólo versiones suavizadas, distorsionadas de la realidad. Porque hay una soledad inevitable generada por las decisiones que nadie más puede tomar. Es la peor clave del liderazgo, llega a ser parte del peso natural de la responsabilidad, esa alta necesidad de poder busca influir en el comportamiento de la sociedad, a menudo más por motivos políticos que sociales; hay la tendencia a imponer los objetivos propios y no de consenso, se vuelve agresivo, demuestra la alta necesidad de estatus, autoridad y reconocimiento social.
Ese camino erige otra soledad, aún más peligrosa: la que el propio líder construye para él cuándo el cargo empieza a importar más que su propio carácter. Cuando es el ego el que sustituye la posibilidad de escuchar, haciendo que la autoridad reemplace el diálogo. Esto lleva a que la necesidad de admiración supere la necesidad de verdad. Es en este momento cuándo el poder aísla. Son numerosas las organizaciones técnicamente brillantes, que se deterioran por decisiones tomadas desde la soberbia. Peor sí se ignora a equipos talentosos y con los que cuenta se desconecta emocionalmente, porque nadie puede decirle al líder que está equivocado, es ver como la cima se convierte en un lugar incómodo cuando ya no hay conversaciones honestas o disensos cortados. El líder que trabaja su interior debe comprender que el disenso es un regalo, que la crítica es un termómetro y que la vulnerabilidad no debilita la autoridad, la humaniza. El que no necesita ser adulado puede escuchar con libertad. De hecho, cuando no se depende del aplauso, es el momento en que se pueden tomar decisiones con serenidad.
Quien confunde cargo con identidad no puede descender del pedestal y sentarse a generar conversaciones fructíferas, escuchando para entender y no para responder. El verdadero riesgo no es estar sólo en la cima, el verdadero riesgo es llegar a la cima y no tener a nadie que pueda decirle que está cometiendo errores. Al ejercer liderazgo, en cualquier escenario, hay que preguntarse: ¿Quién puede decirme la verdad sin temor? Si la respuesta no es clara, obviamente, no es un problema de estructura organizacional. Es una alerta personal de la cual hay que ocuparse, se deben construir espacios donde se pueda cuestionar, no silenciar, es estar rodeado de personas que no necesiten de aprobación para hablar con honestidad. Y, sobre todo, obliga a trabajar un mundo interior con la misma disciplina con la que se trabajan resultados. El poder no necesita más admiradores y aduladores. Necesitamos un líder emocionalmente sólido. Porque al final, la verdadera grandeza no está en llegar a la cumbre, está en lograr que, estando en el poder, nadie tenga miedo de decirle que puede estar equivocado.
Parece ser la soledad del presidente Paz, en tan poco tiempo no puede hacer todo lo posible para estar solo, necesita de muchos, de todos, sin retórica, escuchar para construir. La partida de la ministra de Culturas parece que viene por ese camino y hay otro ministro en puerta (de salida). Para bailar una cueca se necesitan dos personas.
Fernando Berríos Ayala es politólogo.
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