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l final del siglo XX y comienzos de este, marcaron un período de expansión democrática. En 1987, aproximadamente el 28% de los países del mundo eran democráticos; para 2005, lo eran más del 60%. La democracia parecía avanzar no solo en la práctica, sino también en el plano político e institucional.

Hace apenas en tiempo, reinaba el optimismo democrático, hoy se ha dado paso a un profundo pesimismo sobre el futuro de nuestra democracia. Si bien las dificultades actuales de la democracia eran predecibles, no fueron anticipadas, especialmente desde el gobierno. Aunque muchas teorías tienen dificultades para explicar los acontecimientos recientes, los enfoques han puesto de relieve los riesgos del retroceso democrático y son más las señales de alerta del declive democrático y la fragilidad institucional que de fortalecimiento político.

El sistema se destaca en la idea de que la democracia es normativamente superior e históricamente inevitable, la democracia y la libertad son valores que pertenecen a la humanidad en común, la elección es la misma: libertad, no tiranía; democracia, no dictadura. El escritor y político peruano Mario Vargas Llosa sostuvo que la democracia y la sociedad de mercado eran inseparables, y que la libertad política y económica se reforzaban mutuamente. Hoy, parece que este optimismo se ha desvanecido, reemplazado por un profundo pesimismo sobre el futuro de la democracia, dado el dramático retroceso democrático en estos últimos 30 días. es la voz de alarma que advierte sobre el rápido bajón democrático.

A las olas siempre les siguen corrientes subterráneas, períodos en los que gran parte del avance se revierte. Este patrón se produce porque derrocar dictaduras siempre ha sido más fácil que construir democracias duraderas, especialmente liberales, con instituciones y normas capaces de proteger los derechos individuales, en busca de sostener una sociedad civil independiente y garantizar un estado de derecho imparcial. El desarrollo de instituciones y normas requiere tiempo, no se pueden construir fácilmente desde cero. En resumen, incluso un conocimiento superficial de la historia del desarrollo democrático debería haber hecho predecible que una corriente subterránea autocrática seguiría a la ola democrática. Que nuestra democracia resultará frágil y que puede finalmente fracasar no debería sorprender a nadie.

Sin embargo, una comprensión histórica del desarrollo político nos debería haber llevado a prever la tendencia autocrática de las últimas 2 décadas y que quieren volver, o que nunca se fueron. La estabilidad democrática tiene dificultades demostrando de lejos que no es una democracia consolidada, si bien la democracia se define por sus instituciones políticas, su éxito depende de ciertas condiciones sociales o socioeconómicas. Se considera que estas condiciones generan normas y patrones de comportamiento que permiten el buen funcionamiento de las instituciones democráticas.

En ausencia de dichas condiciones, incluso las instituciones democráticas mejor diseñadas fracasarán. En otras palabras, el mal diseño institucional (una incorrecta gobernanza) y cuando ciertas instituciones “democráticas” se superponen a fundamentos sociales o socioeconómicos y los hacen incompatibles, producen un colapso democrático, independientemente de su diseño formal partiendo de la observación de que existe una fuerte correlación entre el desarrollo económico y la democracia. Cuanto más próspera sea la nación, mayores son las probabilidades de que se mantenga la democracia, y ese no parece ser nuestro caso. Se siente que los altos niveles de desigualdad, abren la puerta a las tensiones sociales, la inestabilidad e incluso la violencia, socavando así la estabilidad democrática.

El posicionamiento de puntos de vista opuestos debilita las acciones para la tolerancia y el compromiso, desgastando la disposición a aceptar a los oponentes en el poder. Cuando los ciudadanos mantienen múltiples afiliaciones políticamente inconsistentes, la intensidad emocional en la política se reduce y es más probable que la competencia política escale hasta convertirse en un tipo de conflictos existenciales.

Por ello, si el desarrollo económico no logra producir las condiciones sociales y socioeconómicas necesarias y, por ende, las normas y el comportamiento en el país, la democracia va a tambalear. No se puede concebir un gobierno débil. Las normas de moderación, compromiso, tolerancia mutua y destino compartido se han debilitado. El pesimismo sobre el futuro ha aumentado, junto con una menguante fe en la capacidad o voluntad del sistema actual, o más específicamente, en los actores e instituciones políticas establecidas para abordar los problemas profundos, estas condiciones crean un terreno fértil para el extremismo.

Estamos viviendo un periodo de decadencia democrática en contraste con el inmenso optimismo democrático post electoral. Pero si las patologías sociales y económicas refuerzan la teoría de creciente desigualdad, si se incrementa la movilidad social y se afianzan las divisiones y se erosiona el sentido de destino compartido, y estas permanecen sin resolverse, las instituciones centrales democráticas, por muy cuidadosamente diseñadas que estén, seguirán siendo frágiles y vulnerables. Los alcances de este reconocimiento son fundamentales para comprender los problemas actuales de la democracia y diseñar soluciones que el país está exigiendo a Rodrigo Paz.

Fernando Berríos Ayala es politólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.