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o digo sin rodeos: Bolivia se está pudriendo por dentro. Y lo más grave no es solo la podredumbre, sino la normalización con la que una parte de la clase política, la burocracia y las élites regionales observa el derrumbe como si fuera paisaje.

No estamos ante una crisis más. Estamos ante la descomposición de un Estado que perdió autoridad, perdió dirección y, peor aún, perdió vergüenza. Hoy ya no gobierna: administra su ruina. Ya no arbitra conflictos: los agrava. Ya no construye legitimidad: reparte favores, protege redes y premia la obediencia de los que viven del presupuesto.

Durante años se tejió una malla de poder corporativa que invadió el Estado y lo convirtió en un botín. Mineros, interculturales, dirigencias sindicales y otras estructuras de presión fueron elevadas a condición de columnas del poder, no para fortalecer la república, sino para capturarla. Gobernar sin romper esa red es un acto de cobardía o de complicidad.

El centro político está vaciado. La sede de gobierno ya no irradia autoridad; apenas emite señales de agotamiento. Mientras tanto, el país se fragmenta en poderes periféricos, facciones territoriales y estructuras informales que desafían al Estado desde varios frentes. Cuando el monopolio de la violencia y de la legitimidad comienza a resquebrajarse, ya no estamos hablando de inestabilidad: estamos hablando de un país al borde de la ruptura (guerra civil o secesionismo).

Y aquí viene lo peor: la violencia empieza a presentarse como salida. Primero asfixian las instituciones, luego se pelea por recursos, después se incendia la convivencia y finalmente aparecen los que sueñan con imponer orden a fuerza de miedo. Esa ruta ya la conocemos. Siempre termina igual: autoritarismo, más pobreza y una sociedad más rota que antes.

No me interesa endulzar el diagnóstico. Hay una burocracia parasitaria que ha colonizado el aparato estatal y se aferra al poder como una garrapata a la piel del país. No administra: drena. No sirve: consume. No resuelve: obstruye. Su única ideología es sobrevivir. Su único proyecto es seguir cobrando. Y mientras el país cae, ella busca acomodarse en el siguiente presupuesto.

Pero tampoco basta con señalar al occidente. En el oriente tampoco hay una salida limpia. La élite económica cruceña tiene poder, influencia y recursos, pero le falta algo esencial: coraje para asumir liderazgo nacional. Prefiere mandar desde la comodidad de su fortaleza regional antes que cargar con el peso de un país fracturado. Y esa renuncia también es parte del problema.

Bolivia quedó atrapada entre dos miedos. En el occidente, el miedo a la libertad produce dependencia, clientelismo y obediencia. En el oriente, el miedo al liderazgo produce cálculo, prudencia excesiva y evasión histórica. Entre ambos miedos, el país se pudre. Entre ambos vacíos, crecen los caudillos, los operadores y los oportunistas.

Yo no veo un Estado fuerte. Veo un Estado usado. Veo instituciones degradadas, una élite política sin estatura y una ciudadanía obligada a vivir entre la rabia y la resignación. Veo un país que discute quién reparte el poder mientras el poder mismo se deshace. Veo una república convertida en campo de batalla de intereses mezquinos.

Y lo digo con claridad: si Bolivia sigue por esta ruta, la crisis dejará de ser política para volverse abierta y brutal. No hace falta ser profeta para entenderlo. Basta mirar la descomposición, escuchar el lenguaje de guerra que empieza a filtrarse en los discursos y observar cómo se reemplaza la razón por la intimidación.

La salida no vendrá de más centralismo, ni de regionalismos huecos, ni de salvadores de uniforme o de escritorio. Vendrá, si acaso, de una ruptura moral con esta forma de hacer política, con este Estado de favores, con esta economía de la dependencia y con esta cobardía colectiva que prefiere adaptarse al derrumbe antes que enfrentarlo.

Yo no escribo para tranquilizar a nadie, no es el momento. Escribo para decir lo que muchos callan: Bolivia está entrando en una fase peligrosa, y seguir fingiendo normalidad es otra forma de traición.

Jorge Kafka es politólogo y consultor en análisis estratégico.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.