
l sociólogo y economista italiano Vilfredo Pareto inmortalizó una máxima que hoy retumba con fuerza en los pasillos del poder en Bruselas, París, Roma y Madrid: “La historia es un cementerio de aristocracias”. Para Pareto, los regímenes políticos y sus élites dirigentes no caen únicamente por embates externos, sino por un proceso interno de esclerosis y decadencia. Cuando una aristocracia —sea política, económica o cultural— pierde la capacidad de gobernar, se atrincheran en sus privilegios, se desconecta de las realidades vitales de la población y clausura la circulación meritocrática, el equilibrio se rompe irremediablemente.
Hoy, el continente europeo se ha convertido en el escenario vivo de este postulado paretiano. Una ola de agitación social sin precedentes sacude a múltiples naciones del continente europeo. Desde multitudinarias marchas estudiantiles hasta insurrecciones urbanas, la dominación de las élites tradicionales se ve seriamente impugnada. En el centro de esta tormenta no solo se halla el deterioro de las condiciones materiales de vida y un entorno geopolítico asfixiante, sino la eclosión de una Generación Z que se niega a asumir la resignación como destino.
La teoría de la circulación de las élites de Pareto sostiene que todo sistema social requiere un flujo constante de talento y una renovación de sus capas gobernantes. Sin embargo, cuando las élites se vuelven autorreferenciales, cerradas y financieramente insaciables, sustituyen la persuasión por la coerción y la inversión social por la autopreservación.
En la Europa contemporánea, el diagnóstico es patente. Las élites políticas, económicas y culturales han consolidado una estructura institucional incapaz de canalizar las demandas más elementales de la ciudadanía. El fuerte descontento social ha tomado las calles de Francia, Bélgica, Italia, España, Portugal, Alemania, Austria, Albania y Serbia, revelando una ruptura radical en la legitimidad del modelo social europeo. Las masas no ven en sus gobernantes a un estamento capaz de conducir el futuro, sino a una clase política arrogante e indiferente.
Detrás de la diversidad de pancartas en el continente late una marcada dimensión generacional: el despertar de la Generación Z (jóvenes nacidos entre 1997 y 2012). Esta cohorte demográfica cuenta con niveles educativos y de acceso a la información sustancialmente superiores a los de sus padres; sin embargo, ello no les garantiza empleo estable, independencia económica ni acceso a una vivienda digna. Nos encontramos ante una profunda crisis de expectativas. La promesa histórica de que el estudio, el trabajo y el esfuerzo personal permitirían construir una vida próspera ha dejado de existir en la práctica.
Los datos macroeconómicos confirman la magnitud de esta fractura: En agosto, el desempleo entre los menores de 25 años alcanzó un preocupante 15,4% en la Unión Europea, en contraste con el 6,1% del indicador general. Durante 2025, el 24,2% de los jóvenes de entre 15 y 29 años estuvo en riesgo de pobreza o exclusión social. Un 26,9% de los jóvenes habitó en hogares hacinados, evidenciando que el problema sobrepasa la mera búsqueda de empleo y se instala en la imposibilidad de generar ingresos suficientes para sostener un proyecto de vida autónomo.
Ante esta parálisis, la juventud europea ha decidido emular las insurrecciones de la Generación Z que en los últimos dos años forzaron cambios gubernamentales en países de Asia y África, demostrando que la falta de salidas económicas cataliza revoluciones políticas.
Frente a esta quiebra social, la respuesta de las élites europeas ha consistido en profundizar los recortes presupuestarios y acelerar la militarización del continente, abriendo una sima infranqueable con sus sociedades.
En Italia, la primera ministra Giorgia Meloni enfrenta el masivo rechazo estudiantil y sindical agrupado en las jornadas del "No Meloni Day", desarrolladas en ciudades como Roma, Milán, Turín, Bolonia, Génova, Florencia y Nápoles. Los manifestantes impugnan el alza descontrolada en combustibles, alquileres y servicios básicos, al tiempo que denuncian el récord histórico de gasto militar que alcanzó los 48.140 millones de dólares en 2025. Bajo consignas como "Dinero para las escuelas, no para la guerra", la juventud cuestiona la inyección de recursos a las fuerzas armadas mientras la educación y la sanidad pública se desmoronan.
En Bélgica, el gobierno del primer ministro Bart De Wever impulsa un duro programa de austeridad que contempla recortes de aproximadamente 10.000 millones de euros hasta 2029, en un país cuya deuda pública supera el 108% del PIB. Las medidas implican incrementos en los costos universitarios, modificaciones salariales y alzas del IVA, desencadenando marchas de hasta 50.000 personas en Bruselas y bloqueos estudiantiles en Lieja.
Simultáneamente, en Austria la educación superior sufre un ajuste presupuestario real cercano al 10%, provocando el congelamiento de contrataciones y movilizando a autoridades académicas y estudiantes en Viena. En Alemania, más de 45.000 estudiantes de secundaria en un centenar de ciudades se han manifestado contra los mecanismos de reclutamiento y la modernización militar a expensas de la educación y la infraestructura.
Una élite que pierde el sentido de la realidad suele permitir que la especulación devore los derechos más fundamentales de su pueblo. En la península ibérica, la vivienda representa el núcleo central del estallido social.
En España, la mecha social prende con casos dramáticos de especulación inmobiliaria. El desalojo en Madrid de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años expulsada del hogar donde vivió durante siete décadas debido a un incremento del 275% en el alquiler impuesto por un inversor, terminó trágicamente con su fallecimiento poco después. Su muerte provocó indignación nacional e impulsó multitudinarias protestas en la Puerta del Sol, la Plaza de Cibeles y el Congreso bajo la proclama "¡Ni una Maricarmen más!", extendiéndose a Barcelona, Valencia, Sevilla y La Coruña.
En Portugal, el precio de los inmuebles ha experimentado un incremento nominal del 130% desde 2013, mientras los nuevos contratos de alquiler aumentaron un 10,2% interanual. En Lisboa u Oporto, la emancipación juvenil es hoy una quimera insostenible incluso para quienes disponen de empleo.
Por su parte, en el este de Europa, la descomposición moral de las élites adquiere tintes de corrupción endémica:
Albania y la “Revolución del Flamenco”: Lo que inició como una protesta ecológica contra un megaproyecto de turismo de lujo en las zonas protegidas de Vjosa-Narta y la isla de Sazan —promovido por Jared Kushner e Ivanka Trump— devino en una insurrección generalizada contra el gobierno socialista de Edi Rama. Los estudiantes universitarios y de secundaria tomaron Tirana para denunciar el alto costo de las matrículas, la falta de empleo y la corrupción gubernamental, culminando en el incendio del edificio del Ministerio de Educación y enfrentamientos que dejaron más de 200 heridos.
Serbia: El trágico colapso de la marquesina en la estación de trenes de Novi Sad, que se cobró 16 vidas, destapó una red de negligencia y corrupción estatal, impulsando a los movimientos estudiantiles a exigir la caída del régimen autocrático de Aleksandar Vucic a las puertas de elecciones anticipadas. Cuando las aristocracias carecen de soluciones económicas y legitimidad política, recurren de forma sistemática a la respuesta policial y al estado de excepción.
El ejemplo más vertiginoso ocurre en Francia, donde las protestas que comenzaron a mediados de septiembre en el Lycée Antoine-de-Saint-Exupéry de Créteil por la falta de docentes se extendieron rápidamente por todo el país. La alianza de estudiantes, sindicalistas y el movimiento de los “Chalecos Amarillos” ha llegado a movilizar a más de 800.000 personas en una sola jornada. Los enfrentamientos urbanos han provocado saqueos, incendios de edificios públicos -como la destrucción del histórico ayuntamiento de Limoges- y un saldo de más de 2.400 a 6.000 detenciones y 500 agentes heridos.
La incapacidad de la élite francesa para encauzar el conflicto se reflejó en la oferta de dimisión del ministro del Interior, Laurent Nuñez (rechazada por el presidente Emmanuel Macron), y en el decreto de toques de queda locales, mientras el primer ministro Sébastien Lecornu debió admitir que el país enfrenta un problema de proporciones descomunales.
El margen de maniobra de las élites europeas está severamente acotado por un entorno macroeconómico y geopolítico desfavorable. El Fondo Monetario Internacional proyecta un modesto crecimiento de apenas un 1,1% para la zona euro, en medio de persistentes presiones inflacionarias.
A esta debilidad económica se suma la presión externa de Estados Unidos. Tras las exigencias planteadas por Donald Trump para que los miembros de la OTAN eleven su gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, los gobiernos europeos han justificado la reasignación de partidas presupuestarias en nombre de la guerra en Ucrania y la amenaza rusa. No obstante, la ciudadanía percibe que las exigencias geopolíticas y las tensiones en Oriente Medio, que encarecen la energía, están siendo utilizadas para desmantelar la protección social.
Esta desconexión ha fijado un punto de inflexión en el calendario: el próximo 20 de noviembre. Distintas organizaciones continentales alistan movilizaciones unificadas bajo la consigna “Luchemos por nuestro futuro, no por sus guerras”. Esta jornada evaluará la capacidad de articular un movimiento transnacional capaz de confrontar el dogmatismo de las élites comunitarias.
Europa atraviesa un momento bisagra. Las élites políticas, económicas y culturales que han gobernado el continente durante las últimas décadas muestran los síntomas clásicos de la esclerosis paretiana: arrogancia institucional, priorización de la agenda militar sobre las necesidades básicas y una absoluta incapacidad para ofrecer un horizonte digno a las nuevas generaciones.
Cuando una aristocracia no puede absorber el talento ni satisfacer las mínimas expectativas de la población a la que dirige, pierde la razón de su existencia. La rebelión juvenil que hoy recorre desde París hasta Tirana no es un fenómeno pasajero; es el síntoma de que el actual modelo social ha agotado sus reservas. Si la clase dirigente europea insiste en responder con austeridad, represión y gasto armamentista, la sociología política nos recuerda que el resultado es inevitable: las instituciones del poder comunitario pasarán a ocupar una nueva lápida en el ineludible cementerio de las aristocracias.
Jorge Kafka es politólogo y consultor en análisis estratégico.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
