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ste 6 de agosto conmemoramos un año más de la fundación de Bolivia. Amarse a uno mismo es una política sana para mantener la estabilidad y la buena convivencia. Ya lo señala la escritora y conferencista sudafricana Karen Hackel: «Amarse a uno mismo es el más primario de todos los mecanismos de supervivencia». Ahora bien, si amarse a uno mismo es benéfico, lo es mucho más amar a la colectividad en la que uno está inserto: amar a la patria.

Sin embargo, amarse a uno mismo o amar a la patria no significa derrochar un afecto bobalicón y autocomplaciente. Al igual que la historia individual, la colectiva suele abundar en afectos insensatos. Esto es lo que define el concepto de patrioterismo: la exageración, casi fanática, por el terruño, la etnia o la nación, que suele acompañarse del menosprecio e intolerancia hacia quien pertenece a una colectividad diferente a la nuestra.

El patrioterismo requiere, entonces, de consideraciones ficticias que expliquen argumentativamente a la patria, disimulando sus falencias y errores para, de esa manera, establecer andamiajes débiles sobre los cuales construir un nuevo orden social y nacional.

Esto es lo que sucede actualmente respecto a la historiografía boliviana. Se omiten datos y acontecimientos que influyeron en la constitución de nuestro ser nacional, y se culpa a personas, grupos o sucesos. Por ejemplo, la historia tradicional suele culpar a la "ambición" y "perfidia" de países vecinos, como Chile o Paraguay, por las enormes pérdidas territoriales de Bolivia. De este modo, se reduce la responsabilidad concreta de algunos gobernantes y, sobre todo, se soslaya el hecho de que estas pérdidas son consecuencia de falencias estructurales en la constitución del Estado boliviano.

En este contexto, la distorsión primordial se refiere al nacimiento mismo de Bolivia. Se lo presenta como una ruptura heroica contra la malignidad hispana y como la insurgencia de una voluntad propia que el sistema colonial imperante se esforzaba en eliminar. Esta versión no explica —como lo hacen notar recientes estudios al respecto— la evidente contradicción de que, habiéndose dado en Bolivia el «primer grito de independencia» en 1809, haya sido el último país en independizarse, recién en 1825, y gracias a la intervención de tropas extranjeras.

Es, pues, muy presumible que la heroicidad del proceso de independencia boliviana carezca de los atributos que, a posteriori, se le otorgaron. En este sentido, la obra de Charles W. Arnade, La dramática insurgencia de Bolivia, nos es valiosa para interpretar lo sucedido, aunque todavía resulta insuficiente para establecer todas las condiciones y circunstancias de la independencia boliviana.

Una actitud insoslayable es la de descartar la mitología sobre el independentismo en los acontecimientos de 1809. Lo ocurrido el 25 de mayo de 1809 en la actual ciudad de Sucre es considerado el primer grito libertario de América Latina contra el Imperio español. Sin embargo, en realidad fue un acto vinculado con la rebelión popular en España de mayo de 1808 contra la invasión napoleónica, cuando se crearon en la península las Juntas Locales de Autogobierno. Esto mismo se replicó en La Paz, en julio de 1809, bajo el nombre de Junta Tuitiva. El acontecimiento de Chuquisaca fue justificado entonces como una reacción al rumor de que el presidente de la Real Audiencia, Ramón García de León y Pizarro, entregaría el gobierno a la reina de Portugal, Carlota Joaquina, o a los franceses. Fueron, pues, acciones de consolidación del poder español y no lo contrario.

En La Paz la rebelión tuvo un carácter más claramente independentista, aunque estuvo matizada por los vaivenes declarativos y fácticos de su principal dirigente, Pedro Domingo Murillo. Al respecto, es conocida la política de este cabecilla, al extremo de que, posteriormente, se intentó justificar dicha actitud como una conducta que se resume perfectamente en el título del libro del historiador Valentín Abecia Baldivieso: La "genial hipocresía" de Don Pedro Domingo Murillo.

Adoptar una actitud crítica es difícil en nuestro ambiente, como lo demuestra la tendencia a ubicarnos en extremos idealizados. Si la realidad boliviana es todavía la de la inexistencia de una nación, esto se manifiesta como una contradicción que aún no ha producido su síntesis. El producto deseado se dificulta porque cada exponente de esa contradicción se enfoca prioritariamente en una idealización de la realidad, en lugar de buscar la superación de lo existente mediante la creación de una identidad nueva.

Así, la parte indígena tiende a crear y creer en una ficción de lo precolombino, mientras que la criolla tiende a soslayar lo negativo de la herencia hispana e idealizar su supervivencia a través de la apariencia de una nación ya constituida.

Lo real es que somos el producto del choque de lo que en su momento fueron dos grandes potencias políticas y culturales —el Tawantinsuyo y el Imperio en el que no se ponía el sol—, y lo que debería preocuparnos es por qué el resultado de ese encuentro no alcanza la grandiosidad que tal origen podría haberle deparado.

Debemos amarnos y amar la realidad en la que estamos inscritos, sí... Pero lucidamente, para cambiar lo que es modificable y crear lo que es elaborable.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.