
na de cal y una de arena es una de esas expresiones muy repetidas en nuestro castellano. Y aunque la Real Academia Española la menciona como “alternativa de cosas positivas y negativas", no hay nada más lejos de la cotidiana realidad: la mezcla de marras es el mortero, la argamasa, que mezclando arena, cal y agua se ha utilizado desde antiguo en la albañilería para la construcción de viviendas y muros, como mezcla básica utilizada para unir ladrillos, bloques y otros materiales de construcción y para revestir superficies y es, a la vez, fundamental para la solidez y la durabilidad de las estructuras en albañilería; su preparación adecuada es clave para el éxito de cualquier proyecto de construcción porque la cal como la arena son imprescindibles para un buen mortero: "una de cal y otra de arena" equilibran el mortero.
Y acá vamos a nuestra realidad hoy. La transición del masismo —llámese evismo o arcismo— a un nuevo modelo de país ha sido más rápida de lo pensado: se inició en 2014 con la caída de los ingresos extraordinarios por commodities; en febrero 2016 se vislumbró con el NO violado pero en octubre 2019 hizo su propia crisis; tras el interregno de crisis endógena de la Transición pareció que en octubre 2020 llegaba su versión “reciclada” y light (con “el Mago de la Economía” al frente) pero dos meses después —en diciembre durante una reunión del MAS en Lauca Ñ, Cochabamba, bastión del masismo heavy— militantes descontentos lanzaron sillas contra Evo Morales; en 2022 empieza la escasez de dólares (que, en la práctica, degeneró en “corralito” a la boliviana) que acompaña a la quiebra del Banco Fassil y que va degenerando en continuados bicicleteos financieros del Banco Central para no declarar en quiebra el país pero las continuas escaseces de hidrocarburantes, el insignificante crecimiento económico —“maquillado” para evitar decirle recesión— y la inflación, junto con las pugnas internas del masismo —implosionado más que explosionado en varios residuales: el evismo (ya no-masismo), el arcismo, el androquinismo, el copismo de MORENA y hasta Fernández el Menor queriendo pescar vendiéndose en esa zambumbia— llevaron a que, en las elecciones que se avecinaban en agosto 2025 la duda no era cambiar el modelo sino quién ganaría para cambiarlo.
Y, más sorpresa que cantado, en primera vuelta gana —y lo refrenda en ballotage— la tercera generación de una dinastía que ha estado navegando en la política boliviana (con éxito y, a veces, sin él) desde antes de mediados del siglo pasado: Rodrigo Paz Pereira, sobrino-nieto de Víctor Paz Estenssoro (tres veces presidente) y el hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, como ellos tarijeño (lo que lo convirtió en el quinto presidente boliviano llegado de la chura tierra, con Narciso Campero y Aniceto Arce más).
Y empieza el camino augurado de su período: Soluciona la escasez de combustibles (vía eliminar o reducir la mayoría de las subvenciones a los hidrocarburos) y lo logra manteniendo la paz social (las protestas contra el 5503 y su forzada derogación las atribuyo a debilidades del propio Gobierno, junto con mala comunicación, más que a potenciamiento de la COB y aliados oportunistas, que aprovecharon sobre todo las debilidades mencionadas). También abre Bolivia al mundo —con signos anunciantes de apertura del mundo a Bolivia—, realinea el país geopolítica e ideológicamente, inicia un proceso de reconducción de la justicia y de combate a la corrupción —con éxitos y algunas trancadas—, defiende el federalismo y el compartir los ingresos nacionales.
Pero ese mortero no siempre fragua porque la arena no es toda la que necesita.
