
lvin Toffler identificó con claridad el desafío central de lo que llamó “cambio de época”: adaptarse. Menudo asunto con la velocidad de los cambios tecnológicos y el avance de la ciencia, cuyo impacto provoca que el corto plazo se reduzca a pocas semanas y el largo plazo se pierda del horizonte en medio del bullicio de cientos de noticias diarias, con toneladas de mentiras dentro de ellas. Así, el desafío de adaptación se complica pues queda en duda, a qué se debe la gente adaptar.
El contexto del mundo desde la segunda ascensión de Donald Trump a la presidencia de EEUU es un buen ejemplo. Quienes miran el bosque entero y no sólo el árbol más cercano a estas alturas sufren desorientación y no comprenden la situación y sus derivaciones futuras. Lo único cierto es que las decisiones de este hombre poderoso han cambiado el escenario internacional.
Pululan preguntas sin respuesta a estas alturas, sobre la conclusión de la guerra entre Rusia y Ucrania, el conflicto entre EEUU e Irán con Ormuz y el petróleo en medio. Sobre el futuro de la ONU, la OTAN dentro de ella, afectada por la crítica y la restricción de aporte financiero norteamericano. Sorprenden dos noticias paralelas: la decisión de Canadá de alejarse de EEUU para aproximarse a la Unión Europea y el acuerdo entre Dinamarca y la potencia del norte sobre Groenlandia.
Igual sucede el caso de Venezuela después de la extracción del dictador Maduro y Cilia Flores en enero de este año. La satisfacción de los demócratas del mundo por tal hecho entrañó una esperanza concreta: la dictadura iba a caer, la democracia sería repuesta ―casi seguro con elecciones inmediatas que podrían ungir a María Corina Machado en la Presidencia― y la recuperación de la economía venezolana sería veloz.
No ha sido así. La línea de Trump ha sido otra: pactar con los hermanos Rodríguez manteniendo el régimen y dirigir a través de ellos el país en función intereses económicos, hasta el extremo impensado de que los mismos operadores de la dictadura modificaron la constitución en menos de lo que canta un gallo. De restitución democrática, más allá de la liberación de una parte de los presos políticos y de cronogramas casi intrascendentes, nada.
Los analistas, políticos y académicos, no han dejado de protestar, en tono más y menos encendido. Alguno calificó a Venezuela de colonia de EE.UU. Lo evidente es que, por encima de las diferencias de enfoque entre ellos, hay un punto común que los une y no lo manifiestan en voz alta pero está implícito en sus palabras: consideran que el papel de EEUU en Venezuela debió ser tirar abajo la dictadura, a su costa, para entregar el poder a la oposición venezolana ―no es muy claro si en ese punto coindicen en identificar a Machado como líder única de ésta―, y después marcharse. Pues parece que ese es un relato de cuento de hadas, incompatible con el juego de intereses del mundo real.
El 13 de septiembre pasado, el periodista e investigador venezolano Jesús Seguías publicó en su cuenta de X un texto intitulado “La ecuación de la Venezuela posible”. En él analiza la situación actual de su país e identifica la prioridad económica del momento como nudo central de la estrategia a seguir hasta la recuperación democrática. Es un aporte de lectura recomendable para orientarse en las oscuridades del escenario donde caminamos.
Por su parte, el 14 pasado, Ernesto Araujo y Ricardo Ferrer proponen una mirada integral que vale la pena consultar, en su artículo “América Latina frente al Eje de la Coerción: la batalla moral por el Hemisferio Occidental”, publicado por Infobae. El subtítulo sintetiza su contenido: “La penetración del eje CRINK en el hemisferio no llega con tanques sino con datos, algoritmos, cleptocracia y una trampa semántica que busca convencer a nuestras naciones de que no forman parte de Occidente”.
Cierre de la reflexión: Bolivia y sus desafíos propios. No encuentro mejor aporte que el de Carlos Gerardo Solares Derpic, desde el sur del país y con profunda preocupación. Dice él:
“¿Para qué queremos reformar la Constitución y emprender las transformaciones que Bolivia necesita si, al mismo tiempo, nos empeñamos en demostrar que el país es ingobernable? No se trata de adherirse a Rodrigo Paz ni de renunciar a hacer oposición. Se trata de entender algo mucho más elemental: primero necesitamos estabilizar Bolivia. Y para eso habrá que trabajar con el Gobierno en todo aquello que sea necesario para el país, sin que eso signifique respaldarlo políticamente ni dejar de cuestionarlo donde corresponda. Queremos reformar la Constitución, reconstruir instituciones, cambiar reglas, atraer inversión, recuperar la economía y desmontar buena parte de lo que dejaron veinte años de masismo. ¿De verdad creemos que podemos hacer todo eso en un país permanentemente enfrentado y políticamente inestable? Podemos querer reemplazar a Rodrigo Paz. Pero antes deberíamos preguntarnos algo más importante: ¿queremos también cambiar Bolivia, o estamos dispuestos a impedir que cambie con tal de que fracase Rodrigo Paz?"
Gisela Derpic Salazar es abogada y asambleísta departamental en Tarija.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
