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E

n el Gobierno hay quienes se sienten satisfechos porque el presidente Rodrigo Paz figura entre los 10 mandatarios más populares de la región. Pero también hay quienes miran con preocupación que esa imagen personal, construida sobre la esperanza de cambio, no refleje la marcha hasta ahora errática de la gestión.

Paz mantiene su popularidad, en buena medida, porque no es Arce ni Evo Morales: los dos símbolos de un modelo que se agotó tras casi dos décadas. Sin embargo, hasta ahora no ha logrado definir una línea clara de liderazgo, respaldada por una visión concreta de país.

Y es que no basta con mirar recurrentemente al pasado para marcar distancia con lo que quedó atrás. Gobernar implica escribir una historia propia, sobre la base de una agenda que no puede quedarse en el diagnóstico, sino que debe orientarse a las soluciones.

En el entorno presidencial parece haber quienes entienden su labor como un ejercicio de proyección de imagen: mostrar la mejor cara del mandatario. La sonrisa en actos públicos, el gesto cercano, la entrevista en escenarios inéditos como el Salar de Uyuni o la imagen del intrépido que se sube a un caza de la Fuerza Aérea para observar el país desde los cielos del sur.

Cuidar la imagen y definir los papeles que debe representar el presidente no sería, en sí mismo, cuestionable. El problema surge cuando detrás de esa puesta en escena se percibe un vacío preocupante o, peor aún, un trasfondo oscuro de hechos que siguen sin una explicación convincente desde el poder.

La ciudadanía sigue esperando certezas. Espera, por ejemplo, que se le diga con claridad si la gasolina que se vende es limpia o si se han resuelto definitivamente los problemas de abastecimiento de diésel. De lo contrario, lo que comenzó como un espectáculo —con el presidente encabezando un convoy de cisternas el mismo día de su posesión— corre el riesgo de quedarse en eso: un show. Y eso tiene consecuencias para una sociedad que empieza a perder la confianza y la paciencia.

No falta quien recomiende menos cámaras y más escritorio; más gestión y menos “actuación”; menos horas de vuelo y más trabajo con los pies en la tierra. Seis meses no son poco, y las facturas comienzan a aparecer. Más aún en un contexto en el que distintos sectores elevan sus demandas en medio de una persistente fragilidad económica y una creciente ingobernabilidad política.

Mientras tanto, el gobierno sigue postergando la posibilidad de un programa con el Fondo Monetario Internacional que permita asegurar los recursos necesarios para una recuperación económica sostenible. Más que el resultado de una reflexión estratégica, esta postura parece responder a un capricho que podría tener costos elevados en el futuro.

Bolivia no está para juegos ni para cálculos de imagen. La popularidad es efímera: lo que hoy es aprobación puede convertirse rápidamente en rechazo. Cuando la frivolidad desentona con la urgencia social, el decorado se cae y queda expuesta, sin matices, la incapacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio.

El presidente aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero el margen se reduce. Tal vez sea momento de alejarse del espejo y mirar de frente la realidad. Tal vez haya llegado la hora de sacrificar aplausos para ganar resultados; de dejar de mirar a la tribuna y concentrarse, con determinación, en que las cosas realmente mejoren.

Hernán Terrazas Ergueta es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.