
uerido Hermes, ¡qué gusto encontrarte! y que podamos dialogar sobre nuestro tema —la mentira— que perece interesar a más personas que solo a nosotros dos y a nuestros colegas.
Estuve reflexionando sobre la equivocidad en las aseveraciones en general y en los compromisos; además, de cómo es conveniente pensar filosóficamente la mentira cuando, por ejemplo, se expresan actos verbales personales que manifiesten la subjetividad del hablante. Esto concierne tanto, por ejemplo, a las conversaciones de pareja, como a lo que los políticos manifiestan.
Que una mujer diga, por ejemplo, que su pareja le mintió cuando, antes de casarse, le dijo que la amaba y después de pocos años, ya casados, la abandonó, estando ella enferma; no implica que le haya mentido. Independientemente de la promesa de serle fiel, acompañarla y cuidarla, hasta que la muerte los separe, que una persona le diga a otra: “te amo”, y después, moralmente, se comporte muy mal, no significa que le haya mentido. Una vez escuché, no solo como un giro lingüístico sino como una diferencia objetiva, decir a una mujer: “no, yo no te quiero; te amo”, explicándole después que querer a su pareja significaría poco y menos al enorme amor que sentiría. Sin duda, esa persona, que poco después cometió una falsificación y para salvarse acusó a su pareja falsamente —mintiendo— de ser el autor intelectual del delito; nunca escuchó hablar de Henry Bergson.
El filósofo francés enfáticamente afirmó que los estados profundos de la conciencia no pueden cuantificarse, como si se tratase, por ejemplo, del acopio de unidades de hortalizas. Decir y dar a entender que yo te amo equivaldría, equivocadamente según el sentido común, a representar dos toneladas de amor u hortalizas; contrastadas con querer, que solo mentaría un par de libras, es absurdo para Henry Bergson. El amor y otros estados profundos duran el tiempo único, vivido cualitativamente sin escansiones cuantificables. Entendiendo que lo dado en la conciencia no se limita a medición alguna que sea cronológica en el tiempo —“la amé la mitad del tiempo que te amo a ti”—, el amor expresa situaciones únicas que se interpenetran, cambiando los sentimientos, emociones, recuerdos, experiencias, expectativas e identidad. Así, lo que una persona sienta y lo que comprenda al decir te amo, es frecuente que sea distinto a lo que una tercera persona sienta y comprenda al decir lo mismo; mientras que lo inferido por la oyente respecto de lo que el primer hablante sentiría y comprendería, también puede ser inatingente, muy diferente y hasta contrario.
Es posible referir la ideología como_ background_ teórico. Es decir, contra la suposición de que la ideología mostraría invariablemente imágenes falsas de la realidad —actitud dogmática y despectiva del otro— y aceptando que nuestras visiones del mundo siempre son ideológicas; es posible que un hablante enamorado le diga a su pareja: te amo, solamente como parte del discurso encaminado a fines encubiertos. Es más, es posible que él justifique lo afirmado ante sí mismo y ante los demás, aseverando que amar a una persona incluye para él, necesaria y personalmente, convencerla de que lo que él siente es manifiestamente sincero en un momento determinado y que espera que culmine en la intimidad. En tanto la oyente comprenda contenidos distintos, como: “él no solo me quiere, sino que me ama mucho”, o que: “él espera compartir su vida entera conmigo, amándome”, además de otras interpretaciones por el estilo; después de consumarse la intimidad y de que el hablante abandone a la oyente, no significa que le haya mentido cuando le dijo que la amaba. La equivocidad posibilita cómo los conceptos, ideológicamente marcados y trasuntos en la misma palabra, generan contenidos significativos totalmente distintos e incluso contradictorios. Si quien ama supone que siente algo en un momento para lograr un fin, y después: ¡adiós!; y si, para la otra persona, tal declaración es de amor eterno; entonces las diferencias son ideológicas con concomitancias éticas; pero no implica que lo dicho por el hablante a la oyente sea mentira.
Lo mismo ocurre con los políticos. Y no me refiero a la ideología dura de la que, hoy, la mayoría de ellos carece. La moral que practican es válida en su fuero interno, con licencias y permisiones útiles, solo para ellos mismos, siendo evidente que, en ningún caso, la diseñan según el imperativo kantiano de la universalidad. Les permite hablar y prometer lo que sea, con múltiple equivocidad. Mejor, si una aseveración se entiende de varias formas, aún contradictorias, confundiendo al auditorio y preservando el imperativo secreto de alto nivel: “Nunca aclares ni reveles todo”. Aún hay más: están seguros de que no deben manifestar contenidos ideológicos claros que den lugar a consecuencias compromisorias. Pero, siendo protagonistas de tales conductas deplorables y recurrentes, no mienten. Son cínicos, retóricos, demagogos, crípticos, conveniencieros, carentes de escrúpulos y de dignidad, y, sin embargo, cabe esperar que argumenten sobre cualquier acción posterior exentos de las cortapisas y limitaciones que palabras no anfibológicas dan lugar.
Que un candidato se comprometa a mantener o profundizar la democracia si fuese elegido, y cuando gana lo que lo caracterice fuese lo contrario, es otra vicisitud política que apaña las inconductas patéticas aumentando la desconfianza y la incredulidad. Pero, no miente, aunque en la ciencia política actual no sea democrático que un gobernante cultive la corrupción y la impunidad de sus adláteres, la incompetencia de sus elegidos y el cinismo de sus funcionarios; además, que tergiverse y viole los derechos humanos y el estado de derecho, que distorsione el equilibrio de poderes, reprima la disidencia y a la oposición; que cometa fraude en las elecciones, capture y manipule los medios de comunicación, y amplifique la traición y la posverdad. Pero, el que hace esto y más, al prometer que su gobierno sería democrático, no mintió. La equivocidad de su discurso es el escudo que le permite argüir que siempre pensó que sus decisiones y obras serian tal cual las hizo, porque según su supuesta ideología, expresarían la verdadera democracia.
Blithz Lozada Pereira es filósofo, escritor, investigador. docente emérito de la UMSA y miembro de número de la Acadamia Bolviana de la Lengua.
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