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os hechos violentos que suceden, demuestran la sorprendente capacidad instalada para producir vandalismo: destrozos, incendios, agresión física, pánico con turbas exasperadas, todo un ambiente infernal.

Ante la violencia desproporcionada que se hizo flagrante, al no existir represión armada, la sociedad, y sobre todo el Gobierno, están frente al desafío de erradicar la cultura de la violencia, la idolatría al bloqueo como un derecho. Para eso, será necesario incorporar en sus planes a corto y largo plazo, la educación ciudadana integrada.

Un trabajo generacional enorme que implica comprender el origen del bandidaje (urbano y rural), sintonizar las frecuencias apropiadas (idiomas, creencias, memoria histórica, recompensa esperada), para entender esas razones, y ser entendido en las propias, hasta conseguir que los violentos facciosos comprendan que el beneficio, aleatoriamente pretendido, no justifica ni compensa con el daño consumado.

Esto comienza con la adopción de políticas públicas expresas, creación de organismos dedicados a ese propósito, utilizar los medios de difusión que tiene el Estado, y dictar las normas legales de respaldo. Luego, enfocarse en los contenidos del pensamiento dogmático, la percepción equivocada de los hechos, y adecuarlos a la conducta colectiva de un país que busca el orden; dejar establecido que no siempre el fin que se busca justifica los medios utilizados.

A fin de avanzar con más premura, se debe evitar la intromisión de los políticos sabelotodo; para eso están los sociólogos, psicólogos e incluso antropólogos, a ellos les corresponde averiguar si la violencia en Bolivia es asunto de genética, educación recibida, conducta aprendida, o reacción natural ante estímulos externos como la exclusión social. ¿Qué tiene que ver la etnia, el género, ingresos económicos, ideología? ¿Qué tuvo que ver el adoctrinamiento y la posverdad, ese entorno social vigente desde hace veinte años?; y no solo eso, escoger al mismo tiempo estrategias psicosociales que permitan encarar, técnica y profesionalmente los asuntos, y proponer acciones para un cambio de conducta sustancial.

Porque en estos casos, invocar raciocinio a quienes lo tienen perdido, (empeñado o vendido), es como querer abrir surcos en el agua. Y más aún, perfeccionar la táctica de los operativos policiales, dotar de pertrechos antimotines para disuadir y reprimir, es aceptar por anticipado que el vandalismo será perdurable. Por otro lado, permitir que la violencia y el vandalismo quede latente, mientras al Gobierno no le haga daño, es una resignación cobarde.

Otros dogmatismos estimularon esas pasiones por conveniencia ideológica, ahora corresponde desmantelar la estructura distorsionada, y dejar un futuro de conducta cívica envidiable.

Controlar la violencia solo con instruir, convencer y generar concienciación sólida, es más difícil e incesante, pero el tiempo dirá que mereció la pena el empeño, y el dinero invertido. Finalmente, y por si quedara duda, el vandalismo es mal ejemplo que contamina la escala de valores éticos, incrementa el riesgo de que las generaciones que siguen, aprendan que es herramienta válida, y sean los agresores violentos del futuro; algo que Bolivia no merece.

Mario Malpartida es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.