
enjamín Franklin respondió a una pregunta al salir de la Convención Constitucional en septiembre de 1787: ¿qué tenemos, una república o una monarquía?, su respuesta: “Una república, si logran conservarla.” Para Alexis de Tocqueville, a principios del siglo XIX, la democracia era la característica definitoria de la nación. Desde entonces se han promovido los valores democráticos en la mayoría de países en todo el mundo como sustento del desarrollo. Sin embargo, cada tanto, el mundo presencia una pérdida de fe en los sistemas como en la democracia. Muchos culpan al otro bando y recientemente hace apenas unos 25 años, culpan a las deficiencias del capitalismo, ya que supuestamente los sistemas de mercado aumentan la desigualdad, lo cual es sustancialmente antidemocrático, y creen que la solución reside en fortalecer el control y la participación gubernamental y debilitar las fuerzas del mercado en las economías modernas. Todo indica que esta conclusión es errónea, de hecho, el capitalismo refuerza naturalmente la democracia, pero hay una erosión en los sistemas porque están amenazados por un declive de la virtud cívica, que se manifiesta en la honestidad y en la civilidad en la política. Restablecer la virtud cívica debería ser nuestra prioridad.
Sin embargo, hoy parece que muchos están perdiendo confianza y se afirma que nuestra democracia no funciona “muy bien” o “cerca de no funcionar totalmente”. Cuando resuena la afirmación de que nuestra democracia se encuentra actualmente amenazada, ¿qué está provocando esta crisis de identidad? En un momento de extrema polarización política, es mejor echar la culpa al “otro partido”. De hecho, se afirma que los políticos están haciendo un trabajo algo malo o muy malo en la defensa de la democracia, hay una enorme cantidad afirmando creer que el sistema político necesita una reforma completa o por lo menos necesita cambios importantes. El problema de la democracia hoy no parecen ser los sistemas de izquierda, centro o derecha, sino el declive de la honestidad y el civismo públicos, necesarios para gobernar sociedades más modernas y fundamentales sociedades más democráticas. Culpar a la aplicación de un nuevo sistema económico y debilitarlo no resolverá los problemas que enfrenta nuestra democracia; en cambio, solo supondrá un desperdicio de tiempo y recursos, un menor crecimiento y prosperidad, además de ignorar los problemas que realmente nos aquejan.
La virtud cívica es el conjunto de cualidades personales asociadas a un orden civil o político. Se trata de un conjunto compartido de normas de comportamiento y reglas morales básicas que posibilitan el funcionamiento de dicho orden. No necesariamente que deba garantizarse mediante leyes de coerción, sino únicamente mediante la adhesión voluntaria a comportamientos virtuosos como la honestidad y la civilidad. Algunos comentarios comunes sostienen que no existe virtud cívica suficiente para un gobierno democrático. Hay tanta mezquindad, tanta venalidad y corrupción, tanta avaricia y ambición, tal furia por el lucro y el comercio entre todos los rangos y grados de la ciudadanía, que a veces se duda de que haya virtud pública suficiente para sostener el país. Fue esa falta de virtud cívica que termino condenando a la república. Suponer que cualquier forma de gobierno garantizará la libertad o la felicidad sin ninguna virtud en el pueblo es una idea quimérica, a pesar de la creencia que el pueblo es lo suficientemente sabio y virtuoso como para utilizar el sistema democrático para elegir buenos líderes.
La virtud cívica fomenta la confianza dentro de una sociedad; así podemos estar seguros de que la honestidad y la civilidad serán correspondidas. Esta confianza es el capital social expresado en dos formas: de cohesión que crea solidaridad y confianza entre personas afines basadas en una identidad compartida, puede crear un fuerte sentido de pertenencia, pero no necesariamente fomenta la confianza pública debido a su tendencia a promover una mentalidad de ellos contra nosotros. Por el contrario, el capital social de conexión actúa como un pegamento que mantiene unidos a diferentes grupos, derribando así barreras y fomentando la confianza entre personas diferentes. La confianza a través del capital social de conexión adopta diversas formas: social, legal y política. La confianza social se refiere a la seguridad que tenemos de que nuestros conciudadanos, en general, no se aprovecharán de nosotros. Esto incluye, por supuesto, a amigos y familiares, pero también a desconocidos en el mercado. La confianza legal se refiere a instituciones como las fuerzas del orden y los tribunales. La confianza política se deposita en los funcionarios gubernamentales, electos y no electos, de quienes se presume que no utilizarán su acceso especial al poder para enriquecerse a sí mismos y a sus allegados.
Se debe caminar hacia un círculo virtuoso en el que la confianza en la virtud de los demás estimula la democracia, lo que a su vez incrementa el bienestar social en general. La historia demuestra que cuando las sociedades están respaldadas por derechos y las normas sociales fomentan intercambios mutuamente beneficiosos, la confianza general crece. Además, cuando los sistemas funcionan correctamente hacen que la corrupción sea menos atractiva al abrir un camino hacia la legalidad y menos arriesgado de que haya intentos de enriquecerse abusando del cargo público. Hay la idea de que la confianza promueve el capitalismo, que a su vez incrementa aún más la confianza, bajo la idea de que las virtudes cívicas de honestidad y civismo refuerzan las inversiones; que la confianza respalda a las virtudes cívicas, el estado de derecho y, por lo tanto, a la democracia, y que las virtudes cívicas se relacionan positivamente con la satisfacción vital de los ciudadanos. La confianza social cultivada por la virtud cívica es delicada y poco comprendida. Establecer la confianza es difícil; destruirla es más sencillo, y parece que eso es lo que estamos haciendo.
Fernando Berríos Ayala es politólogo.
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