
a presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia quedó demasiado grande para Rodrigo Paz Pereira, hundido en consignas repetitivas, contradicciones discursivas (¿mentiras?), con anuncios que cada vez se parecen más a los del pastorcillo y el lobo del cuento infantil. Su indecisión privó el disfrute del Día de la Madre como era costumbre.
Día de la Madre y Día de la Abuela, aunque no me simpatiza la idea de que la abuela es doblemente madre. La mamá es la mamá; la awicha es la awicha. Existe el concepto de “maternidad”; falta el de “abuelidad”. Pero como las mamás y los papás son a su vez hijos festejan en simultáneo a sus progenitoras, biológicas o sustitutas.
En Bolivia, el 27 de mayo es un reflejo de la esencia boliviana. Se celebra en el mes dedicado a la Virgen María, como en casi todos los países católicos. Es la fecha para no olvidar la resistencia femenina a los chapetones en la colina de Cochabamba.
En Bolivia, a pesar de toda la propaganda feminista y abortista, amamos la maternidad. Compartimos las ofertas de rosas y claveles rojos en cada esquina de la ciudad. Hay que reservar con tiempo, o preparar, la torta para las cinco de la tarde, la salida a la pensión, al restaurante. Aprovechar todas las ofertas para “la reina de la casa”. El comercio se llena de clientes, desde la chocolatería a la venta de autos, o las famosas “doras”. Todo vale.
En los colegios los niños preparan canciones, ensayan dibujos, la infaltable recitación: “¡Oh, mamá!”, el coro, el baile. Las secretarías pierden zapatos para llegar a tiempo; otras madres se parten en tres para estar en cada curso. Los jefes permiten ausencias..
Alguien me preguntó si recordaba otro momento como el actual, cuando los festejos familiares se limitaron al mínimo. Ojalá poder conseguir un pollo, un kilo de carne molida, un pastel, aunque sea una salteña.
Admití que no tengo en mi registró un Día de la Madre tan austero y sombrío. Sobre todo, en los años democráticos. Relaté las experiencias hermosas cuando en las casas compartían varias familias. La abuela era el centro. Al conversar me di cuenta de que la principal virtud de las abuelas es la memoria del clan, de la tribu, de la ciudad.
Los nietos, propios y ajenos, adoran escuchar historias. Prefieren gozar la sobremesa a su programa preferido de la televisión. Preguntan; son curiosos. Quién era quién; cuándo apareció el vestido manchado de sangre en el parque; por qué no se casó la tía; por qué nunca retornó el tío; cómo se enamoraron los abuelos; dónde vivieron, qué bailaban, qué jugaban.
La abuela es la continuidad de la estirpe. Sabe las recetas que sus nietos chefs volverán famosas. Conoce los remedios caseros que sus hijos no aceptan, pero los nietos los encuentran en internet. Lee los cuentos, inventa anécdotas, se burla de los personajes del barrio.
Esa tarea no es únicamente un pasatiempo. Widler Guerra, un narrador colombiano, reconstruye el rol de la abuela como institución central en la supervivencia de la especie. Los yupik de Alaska dicen: “La abuela es el primer cielo que conocemos”. Antes de ver el rostro de la madre, el recién nacido ve el de la abuela inclinado sobre su carita.
La antropóloga Sarah Blaffe asegura que la abuela estabiliza el hogar con su apoyo en la crianza de los herederos. Aporta recursos materiales e inmateriales. “La abuela ama sin urgencia, hacia adentro. Su amor ya no necesita probar nada”. Bajo sus faldas rige una ley distinta, “más antigua y eficaz”, más cómplice, con un orden distinto. En varias cosmologías, la abuela de todos los seres es la Luna.
Este abril, en España se rindió homenaje a los seis siglos de la llegada de los gitanos desde el norte hindú a la península ibérica. En los cientos de testimonios recogidos, hombres y mujeres hablan de sus abuelas. Los gitanos fueron estigmatizados, perseguidos, asesinados y sin embargo sobrevivieron porque la familia es extensa y la abuela guarda la memoria de su largo caminar (Gelem, Gelem), de los cantos, los bailes, los colores y la visión del mundo que los distingue del resto de los pueblos.
Una de las razones que ayuda a los palestinos a sobrevivir desde la ocupación judía de sus territorios en 1948 es la presencia de la abuela, un amor extendido que alcanza a los muchos hijos y a los muchos nietos. Se han contabilizado más de 20 mil niños ametrallados en Gaza, pero nadie ha contado cuántas abuelas murieron con ellos, sobre todo cuando los bombardeos hundían edificios con 30 o 40 miembros de una familia.
Es muy tonta esa moda de pasar videos de “autoayuda”, como si las abuelas necesitase un consuelo por sus canas o sus arrugas; por sus cansancios y sus fatigas. Las abuelas, en su palidez, iluminan. Merecen ser festejadas en La Paz, Granada o Cisjordania.
Lupe Cajías de la Vega es periodista, historiadora.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
