
ay conquistas que se limitan a inscribirse en el marmóreo libro de los resultados, y hay otras que trascienden la estadística para convertirse en categoría, en arquetipo, en modelo del cual habrán de aprender las generaciones venideras. La segunda estrella cosida al escudo de España pertenece, sin ambages, a esta segunda estirpe. La Roja no disputó un torneo: protagonizó un tratado futbolístico, una demostración profesional de que el fútbol, cuando se piensa antes de jugarse, deja de ser azar para convertirse en destino. Luis de la Fuente y sus hombres no ganaron un Mundial: lo dedujeron, paso a paso, como quien resuelve un teorema.
Ya desde el pórtico mismo del certamen, en esa fase de grupos que tantas veces resulta preámbulo insustancial, España exhibió el fulgor de lo inevitable. Brilló con luz propia, no con el resplandor prestado de la fortuna, sino con la incandescencia de quien sabe exactamente hacia dónde camina. Y cuando llegó la hora de los llamados "mata mata" —esa instancia histriónica donde el error se paga con la extinción inmediata—, el conjunto ibérico no conoció el vértigo del altibajo. Donde otros tropiezan presos del pánico existencial de la eliminación, España avanzó con la serenidad de quien ya ha hecho las paces con su propio poderío.
Porque si algo definió a esta selección fue la ausencia de contraste, la negación misma de la irregularidad como posibilidad. Su rendimiento fue parejo como un verso bien medido, contundente como sentencia inapelable, y, sobre todas las cosas, gobernado por un orden futbolístico que operó como principio rector de cada uno de sus actos. No hubo caos donde debía haber estructura, ni improvisación donde correspondía la certeza: hubo, en cambio, una geometría del juego que convirtió cada partido en variación de un mismo, inquebrantable, discurso.
Y en esa arquitectura de la excelencia, resplandeció la savia nueva. La juventud de sus futbolistas no fue anécdota decorativa, sino motor. Muchachos apenas asomados a la mayoría de edad asumieron, sin el temblor que suele acompañar a la inexperiencia, responsabilidades que exigían temple de veterano. España demostró así que la vejez del método puede convivir, sin contradicción, con la frescura de la sangre nueva, y que el recambio generacional, lejos de ser amenaza, es promesa cumplida.
Detrás de esta epopeya sostenida hay un nombre que ya reclama su lugar en la historiografía del banquillo: Luis de la Fuente. El técnico que no improvisó un éxito fugaz, sino que viene construyendo, desde la consagración de la Eurocopa 2024, una auténtica dinastía de ideas. Su mérito no reside únicamente en ganar, sino en sostener: en dotar a un proyecto de la continuidad que tantas veces le falta al fútbol de selecciones, ese deporte del ensayo breve y la memoria corta. De la Fuente ha demostrado que el liderazgo, cuando es genuino, no se agota en la victoria: se perpetúa en el sistema.
De La Fuente, según nos enteramos hace uso de su capacidad de formador, no solo de futbolistas, sino que intenta educar a un ser humano. El hoy entrenador campeón de mundo: analiza, dialoga, charla, polemiza, conversa, con sus jugadores respecto a la filosofía estoica; lo que equivale a decir que obliga a sus jugadores a realizar la tarea más difícil que pueda emprender un ser humano: pensar.
La final ante Argentina fue, en rigor, la confirmación pública de una verdad que ya se intuía en privado. Desde el primer minuto hasta el último suspiro de la prórroga, España fue favorita y España fue mejor, sin resquicio para la duda ni margen para la épica ajena. Argentina, en cambio, transitó el campeonato como el equipo de la susceptibilidad: de reacción poderosa, sí, capaz de resucitar en los últimos minutos ante Cabo Verde, de remontar dos goles frente a Egipto y de dar vuelta el resultado ante Inglaterra en semifinales, pero jamás terminó de convencer con el balón como argumento propio.
Fue, ante todo, un equipo Messi-dependiente: su avance por el torneo se explicó menos por la solidez colectiva que por el poder mental de un capitán de 39 años, cuya capacidad de sobreponerse a los apuros funcionó como motor casi solitario. Pero esa fortaleza psicológica, que había bastado para sortear cada sobresalto desde el final de la fase de grupos, encontró por fin su límite: ante España ya no hubo milagro posible. Los de la Fuente la arrinconaron sin atenuantes, y Argentina, la selección que vivía de la reacción, se topó con el único rival al que no logró reaccionarle. Ahí, en esa imposibilidad, se cifra toda la distancia entre un equipo que resiste y otro que reina.
Se apagan ya las luces del Mundial más costoso que haya conocido el orbe futbolístico, y conviene, antes de guardarlo en la memoria, hacer el balance que toda gesta merece. La FIFA jugó, desde el primer día, una apuesta faraónica: expandir el torneo a un formato inédito, repartirlo entre tres naciones y elevar hasta cifras nunca vistas la bolsa de premios, con 51 millones de dólares para el campeón y 34 para el subcampeón.
Fue, en el sentido más literal, una apuesta de alto riesgo. Y, sin embargo, contra el augurio de los escépticos, el experimento resultó un éxito rotundo: los estadios se colmaron, las arcas se llenaron y el fútbol, una vez más, demostró que sabe ser al mismo tiempo arte y negocio, épica y balance contable. Por algo Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney —los tres mandatarios anfitriones, guardianes circunstanciales de esta fiesta tripartita— celebran hoy el ingreso multimillonario a sus economías, y por algo Gianni Infantino, arquitecto y sumo sacerdote de esta expansión, exhibe con legítimo orgullo los números que validan su apuesta.
Pero toda luz proyecta también su sombra, y sería ingenuo —hasta deshonesto— cerrar esta crónica sin reconocerlo. Detrás del brillo de las cifras récord y las postales de multitudes extasiadas, es previsible que existan también las zonas oscuras que todo gran acontecimiento arrastra: los costos ocultos, las tensiones logísticas, las historias humanas que no llegaron a los titulares, los precios pagados por comunidades y trabajadores que sostuvieron, desde el anonimato, semejante maquinaria.
La historia, con su paciencia habitual, se encargará de desenterrarlas; dentro de algunos años sabremos, con la distancia que da el tiempo, cuánto de esta fiesta se construyó también sobre sacrificios que hoy preferimos no mirar. Celebrar sin ingenuidad es, también, una forma de honestidad periodística.
Y así, entre el fulgor y la penumbra, entre la gloria española y la angustia argentina, entre las arcas rebosantes y las deudas que el tiempo aún no salda, el Mundial 2026 pasa a integrar el vasto museo de nuestros recuerdos colectivos. Se apagan los reflectores de Nueva Jersey, se disuelven las multitudes, y solo queda, como siempre, la nostalgia: esa certeza melancólica de que ya nada será exactamente igual hasta dentro de cuatro años, cuando el planeta entero vuelva a detener su pulso para celebrar, una vez más, la fiesta que ninguna otra iguala. Hasta entonces, que el eco de este verano norteamericano nos alcance.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
