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as revoluciones científicas nunca se quedan encerradas en el laboratorio; siempre terminan moldeando el entorno cultural y político de su época. El giro copernicano, por ejemplo, introdujo el concepto de "revolución" en el lenguaje político, mientras que, a comienzos del siglo XX, la física cuántica fue interpretada bajo prismas espiritualistas y anti-deterministas.

A esta tendencia a manipular la ciencia para fines ideológicos no fue inmune la teoría de la evolución de Charles Darwin (1859). Hoy universalmente aceptada, la selección natural explica cómo el entorno filtra rasgos adaptativos de forma gradual. Sin embargo, a finales del siglo XIX, Herbert Spencer y otros ideólogos deformaron este concepto para crear el "darwinismo social". Su premisa era cruelmente sencilla: la sociedad funciona como una selva; los fuertes prosperan y los débiles sucumben. Esta visión sirvió de andamiaje ético para justificar el capitalismo salvaje y el imperialismo como procesos "naturales".

Frente a esta distorsión se alzó la figura de Piotr Kropotkin (1842-1921), un Príncipe de la dinastía Rúrik, geógrafo y naturalista que entendió que la economía no es un sistema biológico inmutable, sino una construcción cultural. Durante sus expediciones en las estepas de Siberia, Kropotkin observó algo que contradecía la narrativa competitiva de Spencer: en condiciones extremas, las especies que sobreviven no son necesariamente las más agresivas, sino las más colaborativas. De hecho, la biología moderna ha dado la razón a Kropotkin.

En su obra cumbre, “El apoyo mutuo” (1902), Kropotkin refutó la interpretación capitalista de la evolución. Propuso que, junto a la competencia, existe un mecanismo motor igual de potente: la cooperación. Desde las hormigas y abejas hasta las aves migratorias y las sociedades humanas primitivas, el éxito evolutivo ha dependido de la ayuda recíproca. Para Kropotkin, la solidaridad no era un invento moral de la religión ni un capricho del idealismo, sino un factor biológico real.

Esta convicción lo llevó a un triple desafío histórico.

Primero, desafió la ortodoxia de su tiempo al demostrar que la ética y la ayuda mutua tienen raíces evolutivas. Segundo, su compromiso anarquista lo enfrentó a la deriva autoritaria de la Revolución rusa. Aunque inicialmente saludó la caída del zarismo, Kropotkin pronto chocó con Lenin. Las cartas y entrevistas entre el anciano científico y el líder bolchevique revelan una fractura insalvable: Kropotkin defendía un socialismo basado en cooperativas y sindicatos libres (desde abajo), mientras que Lenin imponía una dictadura de partido y un capitalismo de Estado (desde arriba). Finalmente, si bien la apuesta por el cooperativismo y la defensa de los derechos del obrero acercaban Kropotkin al papa León XIII (y a su encíclica Rerum Novarum, 1891), las diferencias en torno al rol del estado y de la jerarquía y a la propiedad privada los alejaban.

Hoy, la lección de Kropotkin cobra una vigencia inesperada en Bolivia. En medio de la disputa sorda entre un estatismo asfixiante y un libertarismo radical, la cooperación social ofrece una tercera vía. En efecto, en Bolivia el “apoyo mutuo” ya existe: los ayllus, las cooperativas (en su origen) y las juntas vecinales son ejemplos que contrastan potencialmente con la ineficiencia del Estado y la frialdad del mercado puro.

En fin, no se trata de esperar todo del Estado ni de lanzarse al vacío del individualismo extremo, sino de rescatar la cooperación social y el tejido comunitario. Hallar ese equilibrio, basado en la evidencia de nuestra propia naturaleza cooperativa, es quizás la única forma de evitar aventuras políticas arriesgadas y construir un verdadero bien común.

Francesco Zaratti es físico y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.