
l diagnóstico inicial sobre la situación del aparato estatal no pudo ser más contundente ni más gráfico: nos enfrentamos a un Estafo cloaca, Estado-plaga, una entidad institucional convertida en un ecosistema donde conviven, sin ningún pudor, las especies más resistentes del reino político-administrativo: elefantes blancos gordos que nadie mueve, ratas presupuestívoras que nadie controla y una fauna intermedia de “roedores-paquidermos” que aprendieron a sobrevivir en sótanos, lobbies y ductos de contratación directa.
Con un cuadro clínico tan severo, el país esperaba que la primera intervención gubernamental fuese equivalente al ingreso de un equipo de exterminio institucional: fuego purificador, desratización estructural, pesticidas normativos y una generosa batería de reformas “cida” (homicida para la corrupción, suicida para los privilegios y parricida para las prácticas heredadas). Esto de alguna forma implicaba un corte drástico en el tamaño del Poder Ejecutivo.
Los mileítos locales deben estar atravesando una decepción existencial. Ellos soñaban con ver al Ministro de la Presidencia frente al organigrama pegado en la pared, marcando cada casilla con un marcador negro y gritando, con la furia mística de un iluminado del ajuste: “¡Esto fuera! ¡Esto también fuera! ¡Y este viceministerio… FUERA doble!”
Sin embargo, la cirugía mayor prometida (la reorganización del poder ejecutivo) terminó siendo el equivalente burocrático de una visita a un spa: una lipoaspiración suave, baño tibio, corte de uñas y crema hidratante institucional.
Se anunció la reducción dramática de ministerios; se ejecutó una mínima dieta organizacional. Se prometió eliminar el ministerio más tóxico del ecosistema cloacal, el ministerio de justicia,; se optó por reubicarlo decorosamente. Se habló de cinco grandes recortes; se hicieron dos con bisturí emocional. Todo ello genera, inevitablemente, una sensación de desportillazo en la esperanza colectiva, como si al monstruo de la cloaca le hubieran aplicado apenas un peeling facial.
Así pues, confiamos en que las medidas económicas por venir, esas de verdad, las del shock, estén más cerca de la motosierra institucional, el martillo hidráulico y la bola demoledora, y menos del exfoliante de avena. Que la acción corresponda al diagnóstico. Y que, si el país fue descrito con crudeza quirúrgica, la reforma sea ejecutada con la misma valentía: sin miedo al ruido, al polvo ni a las criaturas que salgan corriendo cuando se levanten las tapas de las alcantarillas.
Gonzalo Chávez Álvarez es economista y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
