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l título de esta columna repite una frase que se popularizó durante la pandemia. ¿Cuándo sería el día después?, nadie lo sabía, pero sin embargo en medio del encierro y la incertidumbre, todos buscamos pretextos para seguir señando y la mayoría, enfrentamos el reto de reinventarnos.

¿Cuándo concluirá esta crisis que se repite periódicamente y pone a prueba la fortaleza y el estoicismo de la sociedad y la democracia boliviana? No lo sabemos y deberemos reconocer que el conflicto tiene una capacidad de reproducirse, siempre con matices nuevos que se suman a las costumbres viejas del bloqueo y el ultimátum. Sin embargo, cada uno de nosotros, sin animarnos a hacer vaticinios sobre la solución final, siento que estamos estableciendo desde la mente sosegada, aquello que no queremos seguir viviendo el día después, cuando vuelva la vida a recorrer los caminos.

No se si en razón de la gravedad de la crisis, la desproporción de las demandas y la ausencia de capacidad negociadora y de conducción de la protesta, cuando en este campo de destrucción estén levantadas las piedras y hubiéramos empezado a reconstruirnos una vez más, habrá escenarios en los que estaremos de acuerdo para superar definitivamente algunas taras que no admiten prórroga:

1. Enfrentar los niveles de violencia suicida de la sociedad boliviana. 2. La necesidad de construir Cohesión Social, para aceptarnos entre diversos. 3. Reorganizar el sistema de representación y organización política.

Y una vez más, tendremos que apelar a dónde está nuestra riqueza democrática acumulada, nuestra gente, nosotros, y 343 alcaldes y 9 gobernadores recién elegidos.

Y en esta pelea por las ideas, encuentro a Ronald MacLean Abaroa, catedrático, alcalde de La Paz y exministro de Estado, compartiendo premisas elementales que establecen las condiciones para nuestra reconstrucción. En un último artículo “Otro 9 de mayo para Bolivia” publicado el 19 de mayo pp, plantea “reconstruir Bolivia desde sus municipios y gobernaciones.”

MacLean reconoce que ese es un ámbito en el que se respetan diferencias ideológicas, partidarias, regionales y étnicas y puede dar paso al Estado nacional en todo su vigor, con líderes jóvenes y optimistas que apuestan por una nueva Bolivia, solidaria y democrática.

Repite la evidencia que las recientes elecciones autonómicas “demostraron también la dispersión política y el retorno de muchos resabios del régimen anterior bajo distintos disfraces electorales”, que sin embargo, plantean reconstruir gobernabilidad desde el Estado local profundo. Recuerda que el año 2000, después de una crisis parecida a la actual, se definió que los recursos provenientes del perdón de la deuda fueran destinados a los municipios con mayores niveles de pobreza y población indígena, distribuidos según población y bajo los criterios de la Ley de Participación Popular y que “se sumaban a la asignación permanente del 20% de los ingresos fiscales nacionales destinados a los municipios mediante coparticipación tributaria (…) con la mayor redistribución de recursos públicos per cápita de nuestra historia republicana, realizada de forma diaria, obligatoria, y automática.”

Reconociendo las diferencias de momentos, personajes y coyunturas entre las dos circunstancias, recupero la voluntad y la inteligencia de la denominada “clase política” para encontrar una solución a la crisis de entonces y que hoy demanda las mismas condiciones, fortalecer la gestión local del Estado, descentralizar competencias y recursos hacia municipios y gobiernos locales y profundizar la autonomía de los territorios en camino al federalismo. Coincido con Rony cuando expresa que “hoy, de esa ruina o “cloaca”, como la llamó el presidente Paz, debemos emerger fortaleciendo al Estado desde sus verdaderos cimientos, que son los municipios y gobernaciones.”

Sigamos compartiendo ideas, las necesitamos.

Carlos Hugo Molina es abogado e investigador.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.