
ara la mayoría de los bolivianos, la palabra “tranca” no necesita explicación. Es la fila interminable para un trámite, el funcionario que no responde, el permiso que nunca llega, el requisito absurdo que aparece a última hora. Es tiempo perdido, frustración acumulada y, muchas veces, la sensación de que el Estado está ahí no para ayudar, sino para complicar.
Por eso, cuando se anunció la plataforma “Reporta Tu Tranca”, impulsada por el gobierno junto a organismos internacionales, la reacción natural no fue el entusiasmo, sino la duda. ¿De verdad algo va a cambiar? ¿O es solo otra herramienta que se queda en el discurso? La desconfianza no es casual: viene de años en los que el ciudadano aprendió que, frente al Estado, lo normal era resignarse o buscar atajos.
Sin embargo, más allá de la herramienta en sí, lo importante es lo que representa. Por primera vez en mucho tiempo, se plantea invertir la lógica: que el ciudadano tenga voz, que pueda señalar los abusos, que deje de ser rehén de un sistema opaco y corrupto. No se trata solo de digitalizar trámites o hacerlos más rápidos. Se trata de algo más profundo: definir quién está al servicio de quién.
Porque el problema nunca fue solo la burocracia. Fue, y en muchos casos sigue siendo, una cultura de poder donde el ciudadano debe someterse, suplicar, pedir permiso, casi agradecer por ser atendido. Esa lógica es la verdadera “tranca” que frena al país. Y desmontarla no será fácil, aunque empiece con pasos concretos.
Ahora bien, sería ingenuo pensar que las trabas terminan en una oficina pública. Los bolivianos también vivimos otras “trancas”: los bloqueos, los paros, la conflictividad constante que paraliza ciudades enteras. Hay demandas legítimas, sin duda. Pero también hay intereses que se resisten al cambio y que prefieren que todo siga igual, aunque el país entero pague el costo. Un abuso e irracionalidad total.
Ahí es donde la responsabilidad deja de ser solo del Gobierno y pasa a ser de todos. De la dirigencia política, que debe dejar de lado el cálculo mezquino y asumir la dimensión del momento. De los legisladores, que tienen en sus manos reformas clave. De las autoridades locales recientemente posesionadas, que representan en buena medida nuevas voces e indudablemente nuevos equilibrios. Y también de nosotros, los ciudadanos, que no podemos seguir tolerando ni reproduciendo las mismas prácticas que criticamos.
Bolivia tiene hoy una oportunidad real de cambiar el rumbo. Pero no se va a concretar solo con plataformas, leyes o discursos. Se va a definir en algo mucho más cotidiano: en nuestra capacidad de romper con las “trancas” de siempre, esas visibles e invisibles que hemos normalizado durante años y nos convirtieron en cómplices ingenuos.
Recuperar la confianza no será inmediato. Pero empieza por algo básico: que el ciudadano vuelva a sentir que el Estado le sirve, y no al revés. Que denunciar una traba tenga consecuencias. Que hacer las cosas bien deje de ser la excepción. Destrancar el país no es una consigna bonita. Es una urgencia. Y, sobre todo, es una responsabilidad compartida. Porque lo que hagamos hoy no solo resolverá nuestros problemas inmediatos: marcará el tipo de país en el que vamos a vivir mañana.
Fernando Crespo Lijeron es administrador de Empresas.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
