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ace dos días, el 16 de febrero, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad creada en Colombia tras el acuerdo de paz firmado por el gobierno y las FARC en 2016, “entregó dignamente al padre Camilo Torres", luego de más de dos años de trabajo de identificación de los restos respectivos. La entrega se hizo efectiva al sacerdote jesuita Javier Giraldo, quien se había convertido en el buscador de sus restos hace siete años, luego de la creación de la UBPD.

Camilo Torres Restrepo, homónimo del prócer de la independencia colombiana Camilo Torres Tenorio, nació el 2 de febrero de 1929, en el seno de una familia acomodada de Bogotá. Murió el 15 de febrero de 1966, a sus 37 años, en su primer combate contra el Ejército colombiano, desarrollado en Patio Cemente, Santander, donde un par de años antes se había creado el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en el cual militó desde 1965, luego de dejar el sacerdocio.

A su padre, liberal, no le hizo gracia su decisión de hacerse sacerdote. Hubiera preferido que siguiese con sus estudios de abogacía. Se ordenó sacerdote en 1954. En 1958 se tituló como sociólogo en la Universidad Católica de Lovaina. Eran las épocas en que la Sociología tenía carácter de “ciencia de la revolución” por excelencia y, a su retorno a Colombia, fue cofundador de la Carrera de Sociología en la Universidad Nacional de Bogotá, de la cual fue capellán. En Bolivia también hubo un sacerdote que fundó la Carrera de Sociología en la UMSA: Mauricio Lefevbre, asesinado el 21 de agosto de 1971, durante el golpe de estado que llevó a la presidencia a Hugo Banzer.

Luego de su muerte en combate, tal y como como ha sucedido en tantos casos, el Ejército y el gobierno colombianos decidieron no entregar su cuerpo y mantenerlo como desaparecido. Esto es algo muy común y sucedió también en Bolivia con los restos de varios guerrilleros, como por ejemplo Ernesto “Che” Guevara, cuyo cuerpo, sin embargo, fue mostrado luego del asesinato y se convirtió, por lo menos en un inicio, en un ícono de la revolución, pues luego de imagen fue objeto de la comercialización burda que suele ocurrir con tantos personajes. Lo cierto es que, hay casos dramáticos, en los cuales los cuerpos de luchadores sociales son “desaparecidos”.

Así sucedió, por ejemplo, con los restos de varios combatientes de la guerrilla de Teoponte (1970), como Néstor Paz Zamora (conocido como “El Padrecito”), cuyos restos fueron entregados a su hermano Jaime, cuando éste fue presidente de la República. Otros no corrieron la misma suerte, como Emilio Quiroga Bonadona, que continúa desaparecido hasta el día de hoy. En otros casos, no hizo falta ser guerrillero, para que sus restos no aparezcan. Marcelo Quiroga Santa Cruz, torturado a asesinado el 17 de julio de 1980, en ocasión del golpe de García Meza, sigue desaparecido, pese a los gobiernos del MAS que usaron eso sí, su nombre para bautizar una ley en contra de la opinión de la familia del líder político.

O lo que sucedió en el caso de Miguel Northfuster, miembro de la “Comisión Néstor Paz Zamora” que secuestró el empresario Jorge Lonsdale, cuyos restos y los de sus compañeros, fueron mostrados públicamente en 1990, después de haber sido rematados a mansalva y destrozados sus rostros. Así, los finados no se convierten en ícono, sino que son ejemplos de que, si alguien va en contra del “orden”, correrá su misma suerte.

Hoy, el ELN colombiano, que sigue alzado en armas, aunque ahora financiado por el narcotráfico y a su servicio, reivindica la figura de Camilo Torres y lo califica como precursor de la Teología de la Liberación. Nada más absurdo, pues esta teología nació recién en 1971.

Otras voces desmerecerán la figura del “cura guerrillero”, sin entender que fue, a su modo, un hombre de su tiempo que, pese a su origen de clase, optó por los pobres (¡Como desagrada esto a los libertarios de hoy!) y, en un afán de superar la pobreza, optó por la vía armada para conseguirlo.

Era la época en que había concluido el concilio Vaticano II que fue un evento muy importante para la Iglesia Católica, pese a las maniobras de la curia romana, que impidió que los documentos aprobados por el pleno vieran la luz, publicando unos mucho más moderados. Era la época en que el episcopado latinoamericano comenzaba a entender el compromiso cristiano, no en términos abstractos sino a partir de una realidad de pobreza, exclusión, discriminación que imperaban en nuestro continente.

Eran, definitivamente, otras épocas. La militancia política se la entendía y vivía a partir de un compromiso que podría incluso llevar a perder la vida. Sí, perder la vida por los demás, en actos de profundo amor, lejos del oportunismo, el pragmatismo y el prebendalismo que han marcado y mandan aún hoy la adscripción a partidos o siglas de las cuales se obtiene ventaja personal o de grupo.

A 60 años de la muerte de camilo Torres, la Conferencia Episcopal colombiana ha emitido un comunicado, una de cuyas partes dice: “La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio”.

Descansa en paz y goza de Dios, Camilo Torres Restrepo.

Carlos Derpic Salazar es abogado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.