
a semana pasada se ha conocido que el proyecto de ley PL157, promovido por el MAS durante la gestión pasada, ha sido aprobado en Senadores. Más allá de las imprecisiones acerca de la situación actual del proyecto, parece evidente el afán de los legisladores de avanzar con esta norma, hasta lograr su sanción y posterior promulgación.
Hay quienes apoyan entusiastas la medida; y hay quienes expresan no sólo su preocupación sino su rechazo a la misma.
Entre los primeros hay quienes creen sinceramente que será una medida positiva. Mi amigo Gonzalo Flores ha manifestado, entre otras cosas, que la Ley de Reforma Agraria de 1953 “(…), elaborada con grandes intenciones, fue profundamente perjudicial, porque exageró la sobreprotección a la pequeña propiedad campesina, al confirmar que ni las parcelas productivas ni las tierras donde se encuentran las viviendas rurales (solares), podían ser enajenadas, alquiladas o hipotecadas; terminó de impedir el desarrollo de mercados de tierras en las zonas altas y profundizó su segmentación respecto a las tierras bajas. (…) La legislación agraria boliviana, inspirada en la intención de proteger al pequeño productor, terminó perjudicándolo gravemente. (…) las áreas rurales –especialmente en las tierras altas– no se desarrollaron a raíz de la presencia del capitalismo, sino a raíz de su ausencia. La falta de mercados y capitalismo subdesarrollaron esas zonas; su presencia puede desarrollarlas”.
Otros, emotivos en extremo, como un senador de LIBRE, dijeron que la norma permitirá que alrededor de 800.000 propietarios de pequeñas propiedades agrarias de todo el país, accedan a créditos bancarios para incrementar su producción, añadiendo que, si se aprueba la ley, se producirá “una verdadera reforma estructural de cómo se concibe la productividad en el país (…)”.
En la vereda de enfrente se encuentran varias organizaciones y personas, como la Fundación “Tierra”, que señala que la pequeña propiedad agraria está orientada al sustento del productor y su familia, cumpliendo así una función social, razón por la que es indivisible, inembargable, irreversible y no está sujeta al pago de impuestos. Esta institución considera que el proyecto de ley busca en realidad “legalizar” la clasificación fraudulenta que muchos grandes propietarios han llevado adelante, con la complicidad de los corruptos funcionarios masistas del INRA, añadimos nosotros, para convertir las mismas en varias pequeñas propiedades que, ahora, pretenden reponer como mediana propiedad, eliminando la verificación de la función económica social de la propiedad. Para la fundación Tierra, las verdaderas motivaciones del proyecto de ley son la consolidación de predios artificialmente titulados; la ampliación del mercado de tierras; y la facilitación de la expansión urbana especulativa.
En medio de este debate, es conveniente no perder de vista algunas cuestiones fundamentales, como por ejemplo que la igualdad formal de las personas contrasta con la desigualdad real que existe entre ellas. Que Bolivia no es un país que se haya caracterizado ni se caracterice porque todos los bolivianos reciban trato inherente a su condición de seres humanos, pues hay bolivianos “de primera” y “de segunda”, con desprecio marcado por lo indio y lo cholo.
Tampoco puede olvidarse que Bolivia ya vivió experiencias que pretendieron suprimir la propiedad colectiva e imponer la venta de tierras de comunidad, bajo el pretexto de “modernización” y que todo ello terminó en un estruendoso fracaso y son, hoy por hoy, decisiones de ingrato recuerdo como la famosa ley de ex vinculación de Tomás Frías o las que dictó Melgarejo.
No todo lo bueno que tiene hoy el mundo ha venido de la mentada “civilización occidental”. Los árabes enseñaron al mundo que, para no apestar, había que bañarse con agua y jabón. Fueron ellos los que inventaron la numeración arábiga, de uso universal hasta el día de hoy (¿se imaginan a los contadores de las empresas trasnacionales haciendo balances con la numeración romana?). La democracia, a la cual unánimemente se considera originada en Grecia, surgió en otros lugares no occidentales, como lo señalan estudiosos de la talla de Keane, Dahl, Sen y Miró Quesada. La filosofía nació en Asia Menor.
Hay distintas maneras de ver y entender el mundo. La occidental es una de ellas y no es, ni mucho menos, la mejor sin discusión. Quienes sueñan con la prosperidad ilimitada, a costa de la explotación de sus semejantes y de la depredación del planeta, no saben o no reconocen, la importancia que para muchos seres humanos tiene la vinculación con la tierra en que nacieron.
La carta del jefe Seattle, de la tribu Suwamish, al décimo cuarto presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, que les ofreció comprar sus tierras, es ilustrativa. Dice en una de sus partes: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea es extraña para mi pueblo. Si hasta ahora no somos dueños de la frescura del aire o del resplandor del agua, ¿cómo nos lo pueden ustedes comprar? Nosotros decidiremos en nuestro tiempo. Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada brillante espina de pino, cada orilla arenosa, cada rincón del oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto, es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente”.
La historia de la humanidad no es unilineal sino diversa. Y nadie tiene el derecho de imponer su visión del mundo a los demás, peor si lo hace prevalido de una supuesta superioridad intelectual con tintes claramente discriminatorios e incluso racistas.
Carlos Derpic Salazar es abogado.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
