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n 1992, al recordarse los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a lo que después se llamaría América, estalló la ira acumulada contra España por haberse atrevido a tanto. Fue la constatación de la alta efectividad de una campaña de muy larga data que terminó por convencer a la propia España ―incluida la Compañía de Jesús― de su culpa. Y es sabido que la culpa es uno de los caminos directos a callejones sin salida donde la ceguera y la ofuscación obnubilan el entendimiento.

En Potosí, como en muchas partes de Hispanoamérica, hubo nutridos programas con actividades alusivas a tal hecho, casi todas orientadas a vilipendiarlo. Entre las más representativas de tal enfoque se encuentra una conferencia de Carlos Milla Villena, un peruano convencido ―y muy convincente― de que lo que sucedió el 12 de octubre de 1492 fue, al contrario de un descubrimiento, el “encubrimiento de América”, con impacto demoledor sobre sus avanzadas civilizaciones milenarias, truncándose su desarrollo.

Otra, de Eduardo Galeano, quien afirmó que el 12 de octubre de 1492 “el capitalismo descubrió América”, aseveración repetida sin cesar en sus apariciones públicas en Potosí. Sólo una voz solitaria intentó sin éxito matizar con datos las opiniones del escritor, inscritas en un enfoque presentista cuyo error es aplicar a los juicios sobre el pasado los criterios del presente, ignorando el contexto real en que ese pasado sucedió. Era la del arquitecto Luis Prado, eminente profesional en el área de la cultura, Director del Plan de Rehabilitación de Áreas Históricas de Potosí en ese tiempo. No pudo contra la fama y la propaganda del expositor.

Finalmente, desde el ámbito de las artes, merece ingreso en este apretado recuento una obra del Teatro Los Andes llamada “El huevo de Colón” que no le dejó ni un huevo ni un hueso sano al navegante genovés ―ni a su madre, por supuesto― atribuyéndole la mayor responsabilidad en la comisión de tamaño crimen: traer a España hasta aquí para alterar la benéfica situación reinante en estos lugares por entonces, frustrando su futuro maravilloso.

En todos los casos el público aplaudió a rabiar. Era la cosecha de décadas de campaña desplegada a diestra y siniestra sobre la desgracia de la llegada de los españoles y no de los ingleses, pues España era un reino atrasado y miserable, y quienes desembarcaron en este subcontinente en 1452, eran una cáfila de analfabetas ignorantes mezclados con malvivientes salidos de las cárceles en canje de prisión por aventura. ¿Qué cosa buena podían traer? ¿Qué cosa buena podían hacer? Ninguna. Trajeron enfermedades y muerte. Saquearon las riquezas y dejaron atraso.

Los promotores de esa campaña contra España fueron los Países Bajos, Italia, Alemania e Inglaterra, y varias las causas; sin embargo, la mayor fue el poderío de España al convertirse en un gran imperio global temido y envidiado con el descubrimiento del nuevo mundo, dejando de ser sólo europea para ser además americana. Había que despedazarla y aquel relato fue una de las armas para lograrlo, con la versión de que lo que sucedió desde 1452 fue la violación compulsiva que un violento reincidente (España) cometió sobre una virgen desvalida por incapacidad insuperable (los indígenas), engendrando tal felonía una multitud de condenados al fracaso eterno por su turbio origen. Bastardía de mestizos despreciables, dignos de la peor suerte.

Pero ese relato pasa por alto varios asuntos. A continuación se verá algunos.
La pretensión de Colón y sus auspiciadores, los Reyes Católicos de España, fue llegar a las Indias por el mar para terminar con la dependencia que implicaba llegar por tierra a Constantinopla que poco después, en 1453, se vio obstaculizada por la expansión del Imperio Turco Otomano que la conquistó. El Nuevo Mundo no estuvo en sus planes; se cruzó en su camino y Colón murió creyendo que donde llegó era Asia.

Luego, hay que reconocer que España llegó hasta aquí porque pudo gracias a su avance tecnológico debido a su vez a su grado de desarrollo; de lo contrario, los de aquí hubieran llegado allá, como afirman los historiadores mexicanos Antonio Rubial y Juan Miguel Zunzunegui, entre otros.

También se tiene que asumir que el éxito español sobre las fuerzas imperiales aztecas, mayas y quechuas fue posible por la adhesión de miles de indígenas a su estrategia. En el caso azteca y maya, las estimaciones sostienen que entre 80.000 y 150.000 guerreros indígenas se sumaron a Hernán Cortés a lo largo de su avance hasta su ingreso a Tenochtitlán, decididos a liberarse de la opresión violenta que les afligía; mientras que en el caso quechua, los aliados indígenas fueron entre 30.000 y 40.000.

Ingresa en el inventario de datos el papel de los intérpretes indígenas con La Malinche a la cabeza, que determinó el curso de la historia porque en ellos radicó el poder de la palabra.

Reconocer los grises de la realidad, ni del todo blanca ni del todo negra, es vital, por razón de autoestima de los mestizos. Un camino es buscar información y procesarla con libertad. Esta fecha invita a hacerlo.

Gisela Derpic Salazar es abogada y asambleísta departamental en Tarija.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.