
Hacia dónde va el gobierno? Hasta ahora, y a pesar de las lecciones que dejó el conflicto social, no hay nada nuevo al respecto. Si la necesidad era fortalecer una coalición equilibrada que considere fuerzas políticas, pero también movimientos sindicales y sociales, todavía no existe ningún avance en este sentido.
Mientras tanto, la economía sigue enviando señales preocupantes. De acuerdo con el más reciente informe del INE, la inflación de junio fue de 2,15%; la acumulada en el año, durante el primer semestre, llegó a 4,82%, y la interanual, a 9,23%. En el Gobierno se atribuye el aumento al impacto de los bloqueos, pero dejar la explicación ahí resulta insuficiente.
Si hablamos del crecimiento del PIB, con el anterior gobierno el problema era el estancamiento, pero ahora ingresamos ya a la recesión, agravada, esa sí, por los conflictos de junio y la caída de la inversión. Los pronósticos de los organismos internacionales son desalentadores: una contracción superior al 3% para 2026 y una muy leve recuperación recién en 2028.
En cuanto al déficit fiscal, continúa estando por encima del 9% del PIB, poco menos que en 2025, pero todavía por encima de niveles sostenibles.
La situación no cambió con las reservas internacionales. Han dejado de caer, pero siguen siendo históricamente bajas, lo que compromete incluso los recursos necesarios para la importación de combustibles.
Mejoró la estabilidad cambiaria, aunque muy condicionada a que, en el muy corto plazo, el Gobierno consiga firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que destrabe los recursos obtenidos de otras fuentes internacionales.
Hay versiones de todo tipo sobre este tema, pero no pasan del "dicen que". Dicen que ya todo está acordado con el FMI; dicen que faltan solo algunos ajustes. Pero no hay nada en limpio y los vacíos informativos se prestan, como siempre, a acentuar la incertidumbre en algunos casos y a encender protestas en otros.
No hay que pedir mucho en solo siete meses, pero no se avanzó nada para revertir la caída de las reservas de gas. A este paso, en solo dos años, no habrá gas para el consumo interno y, lo que es peor, el déficit podría golpear al sector eléctrico, que depende en un 70% del gas.
Si las cosas siguen como hasta ahora y no se apuran consensos políticos y sociales para contar con una nueva Ley de Hidrocarburos, Bolivia podría quedarse a oscuras. Y aquí no hay ninguna exageración.
En otros campos, el de las relaciones internacionales, por ejemplo, la representación diplomática en la mayoría de los países y organismos continúa en manos de funcionarios del anterior gobierno. Es decir que, lamentablemente, la gestión de Rodrigo Paz no tiene quien la defienda fuera.
Al gobierno le falta rumbo y hay un serio problema de gobernabilidad. Por lo tanto, se le hace cada vez más difícil construir una narrativa que integre decisiones políticas, económicas e institucionales.
Algunas autoridades, incluso, se han lanzado a proponer una ruta crítica de urgencia para resolver los problemas, pero las iniciativas individuales no alcanzan a transformarse en políticas, debido a la lentitud con la que se asimilan las duras lecciones del pasado inmediato.
Parecería que, nuevamente, la comunicación, entendida como la capacidad gubernamental para explicar las reformas necesarias y sus costos, reconocer dificultades y mantener canales de diálogo y socialización, no está funcionando.
El principal desafío del Gobierno no es solo construir un nuevo discurso, sino reconstruir su representación política y restablecer la interlocución con los sectores que se han distanciado, rupturas que llevaron a la crisis de mayo-junio.
Porque la legitimidad depende menos del relato comunicacional que de la capacidad para mantener cohesionada la coalición política, social y territorial que hizo posible la alternancia democrática, algo que se perdió o que nunca llegó a consolidarse. Así, la comunicación deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una herramienta al servicio de la reconstrucción de la gobernabilidad.
Los problemas también están por el lado del liderazgo. El presidente no logra ofrecer una dirección política clara ni hacerla visible ante la sociedad. Cuando esa conducción pierde claridad, la comunicación también pierde eficacia, no porque los mensajes sean técnicamente incorrectos, sino porque dejan de expresar un horizonte compartido.
Hernán Terrazas Ergueta es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
