
a escalada de conflictos no es por pura casualidad, sino el resultado de una coordinación maligna; los sectores involucrados —con razón justa o sin ella— recurren a las medidas de costumbre: marchas, huelgas y bloqueos. Se suma a esto, el hecho de que, para instalar el desorden, reaparecen los activistas, con el encargo de sublevar.
En estos casos, no es necesario que para armar tumultos compartan ideologías, más bien, son anarquistas con experiencia en escaramuzas callejeras y bloqueos de caminos que, una vez reorganizados, son la pesadumbre de los gobiernos. No buscan solucionar los problemas, su intención es agravar los conflictos.
Ante este cuadro de situación, hace falta liderazgo, o cuando menos, las acciones esenciales que caracterizan a un líder: tener habilidad de gestionar políticas públicas, ejecutarlas imperiosamente y emocionar multitudes. Impactar con mano dura los intereses de movimientos sociales, corporaciones, élites dominantes, para mantener en equilibrio el sistema; proteger a los más vulnerables, y mantener su autoridad intacta.
En la hora actual, ese rol de liderazgo le corresponde al Presidente. En este sentido, primero que nada, tendrá que construir alianzas de largo plazo, porque si no es capaz de unir a la sociedad, en torno a objetivos comunes, es más probable que se intensifiquen las divisiones, entre diferentes grupos políticos y sociales, Además, debe darse cuenta que el liderazgo, en tiempos de crisis, es más exigente, la ciudadanía está mucho más atenta, su estado de ánimo es más volátil. El mandatario deberá doblegar la arremetida sindical, reducir el volumen de la protesta y recuperar el poder.
Pactar para abrogar normas legales, tan pronto fueron promulgadas, es signo de agotamiento precoz. Por el contrario, si las señales muestran que los intereses en juego son contrapuestos, al liderazgo le corresponde que se hagan comunes y compatibles. En ello tienen que ver los ministros, hasta ahora confusos, ante el tamaño de la crisis económica e institucional. El quehacer de los ministros es la gobernanza en acción, su rol debe ser agresivo, resolver los problemas a tiempo y en forma total, porque hasta ahora, su respuesta ante los conflictos, sigue como al principio: lenta e ineficaz.
La primera medida estructural que asumieron (el reajuste del precio de los combustibles) sigue fallida; si todavía les falta experiencia, debiera sobrar supervisión y control en los asuntos a su cargo.
Los ministros y los tantos viceministerios están obligados a definir pronto el cronograma de inversiones en sectores más estratégicos: seguridad ciudadana, salud. educación, vialidad, —algunos incluso con obras de impacto inmediato— y corregir la impresión mediocre que se tiene de su desempeño.
Por otra parte, desde el lunes cuatro de mayo comenzó el ciclo de los poderes regionales, los electores de gobernadores y alcaldes esperan que las promesas —algunas exageradas— no se queden solo en palabras. Mientras tanto los opositores, convertidos en inesperados promotores del desarrollo económico —que habían desestimado por años— aprovecharán para difundir descontento; otra razón por demás suficiente para afianzar un liderazgo, como clave para un gobierno estable y con buena gestión.
Mario Malpartida es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
