
urante décadas, el país basó su desarrollo en la certeza de sus grandes reservas de gas natural, lo que permitió crecimiento económico, generación de divisas y una matriz eléctrica mayoritariamente fósil. Sin embargo, esa certeza se desvanece: según proyecciones de YPFB, sin nuevos hallazgos, Bolivia podría importar gas desde 2031.
Actualmente, cerca del 70% de la generación eléctrica proviene de centrales a gas natural. La hidroeléctrica aporta entre el 20 y el 25%, y las fuentes renovables no convencionales —solar, eólica y biomasa— apenas superan el 10%. Los subsidios a los combustibles, incluido el gas natural, han fomentado el desperdicio y la ineficiencia.
Frente a este diagnóstico, para los bolivianos la transición energética deja de ser una bandera ambientalista para convertirse en una urgencia estratégica y de supervivencia nacional. Afortunadamente, Bolivia posee un enorme potencial en recursos renovables: radiación solar excepcional en el Altiplano que supera los 5,5 kWh/m²/día, uno de los más altos de Sudamérica. Además, se tiene un importante potencial eólico en Santa Cruz, que ya esta siendo aprovechado en los parques como Warnes, San Julián y El Dorado que suman 108 MW instalados. La biomasa agroindustrial que genera más de 8 millones de toneladas de residuos al año, actualmente desaprovechados.
No se trata de recursos hipotéticos. Existen proyectos concretos: la ampliación de la planta solar de Uyuni, el proyecto Chichas de 120 MW en Potosí, los parques eólicos en expansión en Santa Cruz y la reactivación del proyecto La Ventolera en Tarija. Sin embargo, el avance sigue siendo lento si lo comparamos con la magnitud del desafío.
Considero que la transición enfrenta tres frenos principales: 1) financiero, por la alta inversión inicial y restricciones fiscales, que requiere atraer capital privado con reglas claras y reducir progresivamente los subsidios; 2) técnico, por la intermitencia solar y eólica, que exige almacenamiento (baterías) y respaldo flexible con hidroelectricidad o gas; y 3) cultural, la ausencia de una cultura de eficiencia energética, "el pilar olvidado"; si activamos este pilar, se estima que el potencial de ahorro eléctrico estaría en el orden del 15% y el 25%, esta cifra es muy significativa.
El reciente Decreto Supremo 5549, que permite la generación distribuida (autoconsumo y venta de excedentes a la red) y la nueva Ley de Electricidad impulsada por el Ejecutivo que permite atraer capitales privados, son pasos en la dirección correcta, pero no son suficientes.
Quiero detenerme en este punto que considero crucial. La transición energética no la harán solo los gobiernos o las empresas. Hoy reitero el llamado que hice en el Primer Congreso de Ingeniería Mecánica de Bolivia, a los profesionales, ingenieros, técnicos, sector industrial, universidades y otros, que debemos pasar de ser espectadores a actores activos de este proceso. Las universidades y colegios de especialidad deben incentivar el estudio de energías renovables, almacenamiento, redes inteligentes y eficiencia energética.
Proponemos una hoja de ruta con cinco ejes: 1) acelerar la generación renovable a gran escala (al menos 2.000 MW hacia finales de la década); 2) desplegar masivamente la generación distribuida; 3) poner la eficiencia energética en el centro de la política pública; 4) ajustar los subsidios a los combustibles de manera gradual y focalizada; y 5) fortalecer la integración regional como el acuerdo con Brasil para intercambiar hasta 420 MW y la cooperación con la Unión Europea en hidrógeno verde).
En conclusión, el gas que dio prosperidad se acaba, pero el sol, el viento, el agua y la biomasa no se agotarán. La decisión es entre esperar a que la crisis obligue a reaccionar o protagonizar una transición ordenada, justa y técnicamente sólida. La energía es un derecho para el desarrollo, y ese derecho futuro depende de las acciones presentes, donde tenemos que estar comprometidos todos los sectores de la población, en especial los ingenieros, universidades, colegios profesionales y el Estado.
Elías Argandoña Pérez es Ingeniero mecánico y gerente general de ENDE Servicios y Construcciones.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la línea editorial de Datápolis.bo.
