Imagen del autor
L

a Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca este 27 de marzo ha cumplido 402 años de vida, motivo más que suficiente para mirar el pasado glorioso y vislumbrar un futuro mejor.

La universidad en general, transita por profundos cambios que la están obligando a repensar su existencia. En sus orígenes, en la edad media, trasmitía el conocimiento clásico y religioso hasta que evolucionó a un modelo basado en la investigación que pervive hasta nuestros días.

Su rápida expansión a lo largo y ancho del mundo acompañada de políticas publicas favorables ha permitido un acceso masivo y heterogéneo de estudiantes a sus aulas, lo que motivó la construcción de estructuras gigantescas, burocracias numerosas y una planta de docentes con exigencias de especialidad cada vez mayor.

Esto está cambiando, la rauda transformación que sufre el mundo debido a los impresionantes avances de la tecnología, los violentos reacomodos geopolíticos, la crisis climática, el comercio electrónico, la pospandemia y otros factores más, han conmocionado y desestabilizado el funcionamiento de las instituciones y de la sociedad misma en su cotidianidad.

La universidad en el mundo y por supuesto el sistema universitario boliviano no son ajenos a estos cambios, que deben ser reflexionados para efectuar profundas reformas a tono con lo que sucede. Ha llegado el momento de repensar y abrir un debate sincero sobre su existencia y vislumbrar un futuro diferente.

Los datos son preocupantes y las escasas respuestas no apuntan al fondo del asunto. Progresivamente el número de estudiantes es menor en relación a años anteriores, hay una constante caída en la matriculación, varias carreras no cuentan con un número de estudiantes que justifiquen su existencia no porque no sean necesarias sino porque no tuvieron la capacidad de readaptarse o porque la planificación académica subestimó el impacto del cambio que vivimos, subsisten formas obsoletas que impiden reformas necesarias como una abultada burocracia universitaria con prácticas anacrónicos, no existen evaluaciones oportunas y agiles que motiven la transformación, la feudalización o la precariedad en el ejercicio de la cátedra ha anquilosado el funcionamiento de las estructuras universitarias, los pilares de la autonomía y el cogobierno se han alejado de la razón de su existencia y son el factor que justifica decisiones no siempre saludables para la propia universidad.

Las pocas respuestas son pequeñas y coyunturales, quieren resolver los graves problemas con torpes cirugías que agudizaran la crisis, suponen que cercenando las partes se resolverán las fallas en el todo, no hay visos de un apronte integral que sitúe a la universidad en el siglo XXI y que rompa los paradigmas añejos. Los modelos implementados hasta ahora están en duda cuando no derrumbados, es necesario un diagnóstico de la era que cierra un largo periodo e inaugura uno nuevo. El flujo informativo es impresionante, requiere de un manejo inteligente y visionario, Yuval Harari nos advierte que “si no somos cuidadosos, los humanos podríamos disolvernos en el torrente de la información como un terrón en un río caudaloso...” no mirar con profundidad y sinceridad la crisis o perdemos en el dato excesivo, parcial e improductivo, sería una torpe reacción a la dura realidad.

La transformación de la universidad requiere partir de los datos que surjan del contexto, con modificaciones estructurales que convierta a la universidad en un agente de cambio con soluciones a los problemas de la sociedad, el modelo debe ser flexible y centrado en el estudiante al margen de estructuras rígidas, el estudiante no es una cifra estadística o económica, los pilares de la autonomía y el cogobierno deben ser repensados dejando al margen a la prebenda y a la perpetuación de conducciones retrogradas, se debe proscribir la presencia de alumnos eternos, la docencia debe estar sujeta a evaluaciones reales en contra de atornillamientos que inmovilizan la innovación, a partir de ello constituirse en el motor de la investigación permanente al servicio del país, la conexión con el mercado laboral con adaptaciones curriculares sostenibles que respondan a este desafío es fundamental.

Se esta a tiempo, la UNESCO recomienda transformar la universidad en vistas del año 2030 sobre la base de la equidad, la digitalización, la sostenibilidad y la vinculación laboral, concibe a la educación superior como un bien público, dicho de otro modo, no es un espacio comercial sujeto a intereses reducidos ni a cálculos numéricos. En coincidencia con esta línea, organismos internacionales recomiendan “la modernización curricular, la integración tecnológica, la vinculación con el sector productivo y una gestión financiera eficiente para mejorar la empleabilidad.”

Todos sugieren el mismo camino, en consecuencia, plantear salidas como el cierre de carreras, congelamientos, jubilaciones forzadas y medidas puramente administrativas no ayudarán a solucionar el problema ni serán el punto de partida de la nueva era que debe ser construida con imaginación por los propios actores integrantes de la comunidad universitaria.

Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.