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ace cinco años, el municipio de La Paz atravesó un punto de inflexión. Concluía un ciclo político de casi dos décadas que, pese a errores inherentes a cualquier proceso prolongado, había consolidado una institucionalidad municipal funcional. Ese período registró avances relevantes en gestión pública, planificación urbana y en el ejercicio inicial de la autonomía municipal, logros altamente relevantes en el contexto boliviano.

El cierre de ese ciclo coincidió con un escenario electoral previsible. El municipio de La Paz, históricamente crítica del gobierno central y reacia a opciones vinculadas al Movimiento Al Socialismo, la ciudadanía volvió a actuar bajo la lógica del voto defensivo. No primó la adhesión programática, sino el rechazo a una alternativa considerada indeseable. En ese vacío emergió la figura del actual alcalde y su grupo de amigos.

Su campaña priorizó la cercanía emocional sobre la consistencia técnica. El recurso al espectáculo, “el beso de negro”, los superhéroes llamativos, la informalidad y la personalización del discurso desplazaron al debate sobre políticas públicas. La estrategia fue eficaz en términos electorales, pero reveló desde el inicio una debilidad evidente en materia de gestión.

El resultado fue una administración municipal sin planificación estratégica, sin criterios técnicos sostenidos y sin visión de largo plazo. Cinco años después, el balance es claro: La Paz no solo se estancó, sino que retrocedió en áreas clave como planificación urbana, gestión integral de riesgos, calidad de los servicios integrales de salud, educación y cumplimiento normativo. La falta de rigor técnico redujo la capacidad institucional del municipio para responder a problemas comunes y complejos, generando efectos visiblemente negativos en infraestructura, espacio público, movilidad y gobernanza local.

Este contexto exige un proceso serio de reordenamiento institucional. Sin embargo, resulta particularmente preocupante que el actual alcalde y parte de su entorno político, asesores y concejales electos, quieran disputar la conducción del municipio. Todos ellos participaron activamente en el deterioro institucional que hoy cuestionan, evidenciando una ruptura entre responsabilidad política y ambición electoral.

Se trata de actores que pretende presentarse como expertos en gestión pública, incluso exhibiendo credenciales profesionales, pero cuya trayectoria y prestigio acumulado en muchos años sirviéndose de estado, revelan los límites de una lealtad política poco crítica y ética profesional. Han transitado por distintas fuerzas políticas, avalaron y defendieron decisiones muy cuestionables y, posteriormente, optaron por desconocer su corresponsabilidad en una gestión deficiente.

El patrón se repite de forma clara y constante, el interés personal se impuso al interés público. Esta lógica se expresó en políticas de alto impacto simbólico y bajo rendimiento institucional, orientadas a la visibilidad mediática antes que a resultados verificables. Ventanillas sin función clara, letreros innecesarios, ciclovías sin sentido, programas de corto plazo y la negación de decisiones previamente adoptadas, complicidad en las construcciones fuera de norma, regulación urbana frágil, licencias de funcionamiento irregulares y la desnaturalización de eventos culturales como la Verbena Paceña, el Gran Poder, y un largo etcétera, ilustran esta deriva.

Es por eso que, la fragmentación actual del escenario electoral, con cerca de veinte candidaturas, no debe interpretarse como fortaleza democrática. Por el contrario, refleja una banalización del ejercicio del poder. El mensaje implícito es contundente, si se puede gobernar mal, eludir responsabilidades y aun así volver a competir, el sistema carece de mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Esa es, quizás, la expresión más cruda de la “generosidad” democrática.

La conclusión es indiscutible. Estos cinco años deben ser una lección, no un antecedente a repetir. La ciudadanía está llamada a elevar la vara de la exigencia: solvencia técnica, trayectoria verificable y coherencia programática deben pesar más que el carisma popular o la exposición mediática. De lo contrario, La Paz no enfrentará un simple estancamiento, sino un retroceso deliberado, consolidando un modelo de gobernanza basado en la improvisación y el cinismo político.

Rodrigo Salinas Luna Orozco es profesional en Ciencia Política y Gestión Pública.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.