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l 2025 Bolivia cumplió dos siglos de existencia. Magna fecha con un desafortunado protagonista. Desafortunado para el país: Luis Arce Catacora y su mandato informe y gris oscuro. El hombre mediocre por excelencia. La ocasión dio para la introspección nacional y no hay personaje de valía boliviano que no haya escrito y publicado una o más reflexiones. Han menudeado los libros y recopilaciones al respecto. Y el tono de ellas fue, en general, pesimista, más allá de las esperables pueriles exhortaciones cívicas alusivas a la fecha.

Menos de un año después del bicentenario, el país vivió la agresión brutal de las minorías sindicales que bloquearon nuestras carreteras por 53 días. Una verdadera guerra civil de baja intensidad, con decenas de miles de bajas económicas. ¿La víctima? Absolutamente todos los bolivianos somos más pobres de lo que éramos, y las dificultades para el crecimiento económico, ya bastante severas, se vieron agudamente incrementadas.

Más allá de si el gobierno manejó bien o mal el conflicto, este resultado negativo, una verdadera debacle, se sumó al pesimismo generalizado que reinó en torno al gris bicentenario, y cualquier optimismo que el gobierno de Rodrigo Paz pueda haber traído con su asunción al poder en noviembre de 2025, ha resultado ensombrecido y hasta anulado.

En mi tiempo de vida terminó el ciclo de la Revolución Nacional y comenzó la era variopinta de las dictaduras militares de izquierda y derecha (1964), transitamos a la frágil transición democrática (1982), embocamos en 20 años de democracia pactada (1985), que comenzó a tambalear con las guerras del agua y del gas (2000-2003) y colapsó definitivamente con la victoria electoral del MAS (2005), ciclo que terminó, agotado y vacío de contenido, en 2025.

Vamos dando tumbos de hora cero en hora cero. No hay otra manera de describir un país que reinaugura su historia cada vez que cambia de ciclo, como si lo anterior no hubiera dejado cimientos sobre los cuales construir —solo escombros que despejar.

“¡La educación es la clave!”. Todos lo dicen, todos lo sabemos, casi nadie lo sostiene: una reforma educativa que valga la pena toma varias décadas en madurar, y Bolivia le concede, en el mejor de los casos, escasos veinte años —el mismo ritmo exacto de sus ciclos políticos y culturales. La reforma de Goni (con potencial para crear un buen país, muerta en flor); seguida de la reforma del MAS, que debe ser extinguida porque socava las bases de la unidad nacional. De ahí que el país nunca termine de sembrar: siempre está arando de nuevo el mismo terreno, convencido cada vez de que esta reforma sí será la definitiva.

Acaba de cerrarse un ciclo particularmente nefasto en el gremio del magisterio, ¡un ciclo trotskista, pasado un cuarto del siglo 21! Quienes lo sustituyen no traen, sin embargo, un proyecto muy distinto: llevan en su emblema el puño obrero cerrado. Otras personas, pero básicamente las mismas ideas. Y en el magisterio rural el emblema sindical es el rostro del Che. Pero aunque sus símbolos fueran distintos, cambiar de emblema no es cambiar de método. El secular adoctrinamiento marxiano muestra resultados: maestros que hacen pública apología de que todos los bancos y toda la economía privada debería ser nacionalizada. Eso aprenden los niños y jóvenes, y es sólo un botón de muestra.

Permítanme una escena, porque a veces una imagen explica lo que ningún dato consigue explicar. Si Bolivia fuera una persona, sería un hombre de edad madura, descuidado, que heredó una fortuna y una mansión y no supo qué hacer con ninguna de las dos. Un carácter difícil le impidió prosperar en la vida pública. Hoy su mansión tiene la fachada descascarada, varios vidrios rotos, los marcos de las puertas astillados, goteras que nadie repara. Y porque es, además, un vecino pleitista —peleón en lo judicial, como un vecino real que alguna vez tuve—, bloqueó tantas iniciativas de su cuadra que el barrio entero aprendió a evitar su calle. Su casa, que él cree digna de admiración, ha quedado a trasmano, bajo la sombra de un edificio ajeno, mientras los jardines de los vecinos florecen sin él. Sin ingresos, sin oficio, es un hombre maduro y desempleado que no tiene nada que ofrecer. Si no se reinventa, perecerá.

Más allá de la metáfora, la lección de los ciclos políticos bolivianos es aleccionadora. El ciclo del MAS, ya fenecido, no ha sido remplazado por otro ciclo con nombre propio, sino —como ocurrió en 1920— por un vacío de proyecto nacional. Aquel vacío duró treinta y dos años: republicanos, restos del liberalismo, la Guerra del Chaco, el mal llamado “socialismo militar” —que no fue ciclo ni fue continuo, salvo algunos lazos sueltos—, y el sexenio, que fue cerrado por la Revolución Nacional de 1952.

Con Rodrigo Paz entramos en un no-ciclo parecido: un gobierno de transición que debe cumplir su mandato completo. Lo único claro es que su orientación no lo es: no es un gobierno de derecha, y mucho menos de ultraderecha, como sostienen los trasnochados que todavía combaten guerras ya terminadas. Transita a tumbos a ambos lados del centro, según van rebotando sus rechazos.

Los sindicatos, mientras tanto, aunque menos, siguen siendo poderosos. Esa cultura sindical, nacida en la década de 1920, ha derivado hacia los extremos del anarquismo, el socialismo, el comunismo, el trotskismo —y, desde los 1970s, hacia rasgos indianistas que no siempre se atreven a decir su nombre: racistas. Desde 1979 esta mentalidad cultivó el bloqueo de carreteras como medida de protesta, y ese bloqueo ha resultado, a la postre, en la exclusión de Bolivia de los corredores bioceánicos. Por cierto, en las postrimerías de los 53 días de bloqueos hay todavía intelectuales que todavía sostienen que el bloqueo de caminos es una legítima forma de protesta.

Volviendo a nuestro hombre de la mansión decadente: aparte de haberse quedado sin fuente de ingresos, mediante el bloqueo rechaza exactamente el recurso al que apelan los países pequeños sin abundancia de materias primas —ser escenario confiable, ser un buen proveedor de servicios, la posibilidad de convertirse en transformador de lo ajeno en algo propio.

Los líderes que podrían haber cambiado la orientación del país de manera clara —Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina— están en el final de sus carreras políticas. Los libertarios —Saravia, Dunn, Mamén Saavedra— ¿levantarán cabeza lo suficientemente pronto, y lo suficientemente fuerte? Entretanto, líderes de visión indianista y racista, como Nilton Condori y otros caciques sindicales de horizonte cortísimo y metas estrictamente personales, muestran ya una capacidad notable para resquebrajar el tejido social, como lo han demostrado en los 53 días. No construyeron nada duradero; son, sin embargo, extraordinariamente eficaces para destruir con un esfuerzo mínimo.

Según la catequesis imperante, la diversidad debería ser nuestro fuerte. En realidad es nuestro talón de Aquiles, porque nuestras diversidades no se hablan entre sí. Una parte de la sociedad boliviana quiere un país de ciudadanos —propiedad individual, división de poderes, democracia plural, alternancia en el mando—. La otra quiere un país comunitario, de liderazgos vitalicios y poder concentrado, donde lo individual se mira con sospecha. Y esto es atávico: la disputa viene desde la fundación misma del país, en los años 1820, y el liberalismo nunca ha logrado imponerse del todo. Tampoco el bando contrario. Por eso vamos dando tumbos de hora cero en hora cero (“¡Ahora sí..!”)

No es un desacuerdo de políticas públicas, susceptible de mesa de diálogo y borrador consensuado. Es un desacuerdo civilizacional fundamental sobre qué es una persona, y qué le debe una persona al colectivo del que forma parte. De ahí que ningún pacto lo haya resuelto en dos siglos, y de ahí también que cada intento de resolverlo por decreto —constitucional o de facto— haya durado exactamente lo que duró la correlación de fuerzas que lo impuso, ni un día más. Tenemos una receta malhadada de país.

¿Cómo se llega, entonces, a las masas sindicales —sobre todo indígenas— donde el rasgo básico es la desconfianza hacia el compañero y el odio al contrincante? No lo sé con certeza; sospecho que nadie lo sabe todavía, y que esa es, en el fondo, la pregunta cuya respuesta Bolivia lleva dos siglos postergando. El hombre de la mansión decadente sigue ahí, sentado en su sala con goteras, convencido de que su casa es digna de verse y de que vale una fortuna. Acaso lo fue. La cuestión, la única que importa ya, es si tiene la voluntad —y el carácter— para repararla antes de que termine de derrumbarse sobre él.

Yo me temo que Bolivia ya fue todo lo grande que pudo ser.

Robert Brockmann es periodista y miembro de la Academia Boliviana de la Historia.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.