
n sismo político de alta intensidad recorre las estructuras cupulares de gobierno. Las replicas tienden a seguir socavando su minúscula credibilidad. En menos de diez meses, Bolivia se encuentra al mando de un gobierno envejecido, pálido de ideas y raquítico en cuanto confianza ciudadana.
Siendo Rodrigo Paz un “presidente accidental” como lo califica un reporte del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales con sede en Washington, tuvo en sus manos la oportunidad de constituir un gobierno amplio y de concertación, superar la polarización y aliviar las grietas que acompañan nuestra historia.
Estuvo en manos del otrora nuevo presidente que cortejaba a las comunidades marginadas o se reunía con las cúpulas tanto mineras como agroindustriales con mucha delicadeza, la posibilidad de promover acuerdos estratégicos con actores y sectores políticos contra puestos, garantizar gobernabilidad y concientizar que la realidad ameritaba tiempo y sacrificios. La población le dio muestras de entereza, cuando se levantó el subsidio a los carburantes y nadie dijo ni pío.
Habrá que saber si el nuevo gobernante, disfrazó sus debilidades, no entendió su desafió histórico o se dejó arrastrar por los bajos instintos del poder y los apegados al poder. Algo sucedió, pero optó por colocarse la capa de caudillo, con los colores diseñados por su asesor de almohada, y decorada por sus allegados para actuar como el que de todo puede, pero nada hace, ni cambia.
El gobierno y el presidente se conformaron durante estos meses en hacer el papel de animadores de verbenas, mientras los problemas del país se agravaban. Las emotivas imágenes en vivo de cisternas ingresando cargados de combustible, los bailecitos en fiestas populares, los slogans políticos recargados, el patrioterismo redundante, o los anuncios y re anuncios, no alcanzan en agosto ni para el mocochinchi.
No vencieron ni al folder amarillo. Al contrario, la multi crisis política, institucional, económica y moral se incrementó. Teniendo el agua en la nariz, el presidente decide sacar al ministro de mayor solvencia técnica, y uno de los pocos que le reclamo por el poder ilimitado otorgado al forastero y sus granjas de bots, convertidos en primer ministro.
Muy ingenuos, el pasado 6 de agosto desde Sucre, esperábamos una reconducción, la convocatoria a un gran acuerdo por Bolivia, o algún anuncio de impacto en el ánimo de la población. Pero el presidente, poesías de por medio al recontra lejano tricentenario, confesó el “delito político” de que gobernará con acuerdos directos con personas representantes de órganos. Es decir, la docena de famosas y esperadas leyes estructurales, las reforma a la CPE, a la Policía, a la Justicia, y muchos otros cambios, antes que discusión y acuerdos políticos, precisaran lubricantes.
Muchas de las cosas turbias que se han sucedido, o las decisiones erráticas que el gobierno ha tomado, giran alrededor de un mercenario de campañas sucias que muy hecho el despistado, llego a Bolivia en la campaña electoral. Lo inexplicable es que, de la noche a la mañana, este forajido se convirtió en una especie de monje negro del poder. Entonces, el presidente debe responder, que funciones cumplía, cuanto le pagaba a este personaje que se jactaba de tener “tarifas altas”; y de cómo acumulo el poder y fortuna que se evidenciaron luego de ordenar la eliminación de quien, siendo su pareja, ya le incomodaba.
Estamos en días en los que la población se pregunta cuál será el desenlace. ¿Tendrá la capacidad el presidente y el gobierno de redireccionar su desempeño? ¿Es posible se active la sucesión o un adelanto de elecciones? O dejamos todo al juego mortal de la ruleta rusa.
Son estas circunstancias, las que nos permiten entender las causas por las que países vecinos tienen en sus mecanismos constitucionales, herramientas de control político como la “muerte cruzada” o la declaratoria de "vacancia por incapacidad moral". Buen punto de debate para la próxima reforma constitucional.
Daniel Valverde Aparicio es abogado, docente universitario y exdiputado nacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
