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uenta la leyenda que un hijo, empresario y político, al echar a la calle a su anciano padre porque lo consideraba inservible, con ideas obsoletas y un estorbo, le pidió a su propio hijo pequeño que trajera la manta más vieja para dársela al abuelo para que se cubriera del frío. El niño trajo la manta tal como se lo pidieron, pero cortada exactamente por la mitad; cuando el padre, extrañado, le preguntó dónde estaba el resto, el pequeño le contestó con fría lucidez: guardo la otra mitad para cuando tú seas viejo y yo te eche de tu casa.

Esta vieja parábola ilustra la alarmante desconexión que arrastra el debate público actual. Queremos ser productivos, eficientes y generar riquezas para el vivir bien de los ciudadanos, constituye el discurso hipnótico de todos los políticos contemporáneos, sean estos de cualquier corriente ideológica y estatura, sin embargo, sus acciones contradicen flagrantemente la matemática del desarrollo y la dignidad humana.

Frente a la narrativa del descarte, los hallazgos científicos y de liderazgo demuestran una realidad diametralmente opuesta. Un conocido análisis citado por fuentes médicas reconocidas, como el New England Journal of Medicine, señala que es justamente entre los 50 y los 70 años cuando el ser humano alcanza su mayor potencial de liderazgo y la capacidad de realizar aportes de alto impacto.

Existe un matiz crucial entre el rendimiento físico y el intelectual: mientras que la fuerza física pura suele registrar su punto máximo en la juventud, entre los 20 y los 30 años, la productividad estratégica, la sabiduría, la responsabilidad y la estabilidad emocional tienden a concentrarse de forma tardía en las edades maduras y en la senectud temprana.

Entonces resulta incomprensible por qué, de manera insistente, los nuevos liderazgos no solo quieren cambiar el modelo de gestión pública en la retórica, sino que pretenden cambiar, barrer y desechar a los hombres grandes que construyeron el país y nos llevaron hasta aquí, con todos sus defectos. Que sí, es innegable que hubo malos ejecutores, delincuentes y corruptos en las estructuras del poder, y a ellos hay que darles con todo el peso de la ley; pero por qué desechar a los padres, abuelos y hasta hermanos por un cambio sintetizado en la falacia de que todo debe ser nuevo.

Los nuevos actores se presentan como mesías redentores, intentando borrar la historia, el trabajo, la dignidad y hasta la vida de quienes edificaron los cimientos de lo que hoy tenemos. Esta conducta equivale a meter en un gigantesco almacén maquinarias antiguas, pero eficientes y utilizables, atiborrarlas, cerrar la puerta y dejar que el tiempo haga lo suyo. En el caso de los seres humanos, significa condenarlos a morir en vida, permitiendo que el cuerpo sea carcomido por la tristeza y el dolor de la ingratitud de sus propios hijos y de su pueblo. El llamado a la reflexión debe ser directo para estos señores políticos jóvenes y autoproclamados nuevos.

No se habla aquí del redireccionamiento estratégico del Estado, el cual hay que hacerlo con urgencia, sino del respeto a la memoria institucional. Más temprano que tarde, bajo ese modelo perverso del descarte, ustedes correrán el mismo camino y serán botados en las fosas de lo obsoleto por los verdugos cada vez más jóvenes que vienen detrás, si se siguen dejando llevar por el triunfalismo y la borrachera del poder actual. Cuidemos de no cruzar la línea del no retorno, pues esta incluye sentimientos generacionales profundamente arraigados y compromete nuestra propia identidad como seres humanos.

El llamado a la acción en esta crítica ocasión es recordar un mandato ancestral y universal que la Biblia inscribe con claridad en Efesios 6:2-3: honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa— para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra.

La verdadera eficiencia de un pueblo jamás florecerá sobre la base del canibalismo generacional, descarte de la experiencia y sabiduría de los hombres que ya cruzaron la frontera de la madurez.

Wilfredo Áñez Saavedra es administrador de empresas.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.